Contra la “reconciliación”

Por Hugo Rangel Vargas / Grupo Crónicas Revista

Hugo Rangel Vargas, Economista, Politólogo, Activista Social

En los días recientes ha proliferado en los corrillos de la clase política y en la retorica vertida en los medios de comunicación, una serie de términos rebuscados que aluden a un sociedad idílica en la que las diferencias de todo tipo podrían ser superadas a través de mecanismos providenciales. Se ha hablado de “segundas vueltas electorales”, de “gobiernos de coalición” e incluso de “reconciliación” como justificación para “modernas” alianzas entre partidos antes contrapuestos.

El “fin de la historia” parece haber llegado con el evangelio de estos profetas que pregonan en sus “enseñanzas” la receta ideal con la que se invocará el reinado perpetuo de la virtud y la concordia. Pero la apología hueca que pretende poner punto final al conflicto social, es añeja y data desde quienes han querido sepultar a lucha de clases a los meros estudios del pensamiento económico; como si negándolo o poniendo un velo sobre el mismo, se lograse que este dejase de existir.

Sin embargo la sociedad es una unidad dinámica y en conflicto permanente entre sus diferentes componentes y nada resulta más conservador, que la petrificante idea de que ésta condición pueda terminar. Pero ¿cuál es el origen y el sentido de esta retórica del “acuerdo”, la “conciliación” y la “paz”? La lucha por el poder es un poderoso hilo conductor en medio de este laberinto que tiene como punto de partida la llamada “diferencia” ideológica.

La permanente recurrencia al lugar común de la supuesta de la conclusión del conflicto en la sociedad mexicana, no tiene otro calificativo que el de hipócrita o en el mejor de los casos de ilusa. Si algo distingue a este país, es el sin numero de contradicciones por el que se encuentra diezmado. Por ello es que asumir la encarnación de estas contradicciones en un personaje o en una línea política resulta maniqueo.

La división y polarización a la que pondrán fin los mágicos artilugios a los que hace referencia la “moderna” clase política, no se explican por la aparición de los llamados liderazgos mesiánicos, sino que tienen su origen en una tremenda concentración de la riqueza y el bienestar en unas cuantas manos y la negación de la misma a un inmenso bloque de ciudadanos. La desintegración social no se deriva entonces de un discurso que simplemente la señala, por el contrario, la recrudece su recurrente negación desde el poder.

Constituir en enemigo público a quien pone en evidencia las lacerantes diferencias que prevalecen en el país es una maniobra de táctica, mas que un argumento con sustento real. De ahí que el llamado a la “reconciliación” que ha sido lanzado como justificante para acuerdos de cúpula política es un recurso discursivo valido desde ese punto de vista, pero que sepulta las atrocidades de un conflicto, mismas que se reproducen cotidianamente.

Los vendedores de esta ilusa o perversa “reconciliación” son semejantes a aquellos promotores de la paz que en los tiempos de la revolución fustigaría Ricardo Flores Magón al señalar que las “calamidades, que sufre la humanidad en tiempo de paz, son el resultado de la impotencia del Gobierno y de la ley para hacer la felicidad de los pueblos por la sencilla razón de que tanto el Gobierno como la ley no son otra cosa que los guardianes del Capital, y el Capital es nuestra cadena común. El Capital quiere ganancias y, por lo tanto, no se preocupa de la vida humana.”

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