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Para Yasser González, un desarrollador de software que ahora trabaja como guía turístico en bicicleta, la llegada del turismo estadounidense ha sido una situación casi revolucionaria.

Puede ganar hasta 700 dólares por un tour de nueve horas de duración que promociona en Airbnb, una cifra enorme en un país en el que el salario promedio ronda los 20 dólares al mes.

“La mayoría de mis clientes son estadounidenses”, dijo González. “Con Airbnb soy independiente. Puedo promocionar y vender mi propio producto, sobre el cual tengo un control completo”.

Esos sueños emprendedores eran justamente lo que muchos tenían en mente después del anuncio de la normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, hecho por Barack Obama y Raúl Castro en 2014.

Y ahora los cubanos temen que esa transformación económica se vea amenazada por otro anuncio, hecho por el presidente Donald Trump el 16 de junio durante un discurso en Miami, que promete revertir varias de las medidas implementadas por Obama.

Una vista de la zona céntrica de la capital cubana CreditTomas Munita para The New York Times

Entre los cambios anunciados por Trump y los funcionarios de la Casa Blanca está la reinstauración de restricciones a los viajes de estadounidenses a la isla y a las transacciones que pueden tener con empresas controladas por las fuerzas armadas cubanas, que presiden la mayor parte de la industria turística.

Trump declaró que las restricciones ejercerían presión sobre el gobierno cubano para mejorar la situación democrática y de derechos humanos en la isla, al cortarles el acceso a los dólares que son una de sus mayores fuentes de ingresos.

“Por casi seis décadas, la gente de Cuba ha sufrido por el dominio comunista”, dijo Trump en Miami el viernes. “El levantamiento de restricciones a los viajes y al comercio por parte del gobierno anterior no ayudan a los cubanos. Solo enriquecen al régimen de Cuba”.

Turistas en La Habana. Los cuentapropistas cubanos se han visto beneficiados por el aumento en la llegada de visitantes. CreditThe New York Times

Sin embargo, desde el punto de vista de muchos cubanos, el Estado no será la principal víctima de los cambios. Esto afectará al grupo pequeño, pero que va en aumento, de los llamados cuentapropistas –pequeños empresarios–, que han logrado una prosperidad impensable hace unos años gracias al turismo estadounidense.

“Quieren regresar a una política fallida”, dijo Carlos Alzugaray, exdiplomático cubano que vive en La Habana. “La política fallida es creer que al castigar a Cuba y a su pueblo van a producir un cambio de régimen. Ese era el viejo modo de pensar y no funcionó”.

Con las nuevas medidas de Trump, los estadounidenses ya no podrán invertir en empresas controladas por, o con participación, de las fuerzas armadas cubanas. Eso incluye a restaurantes y hoteles.

Eso probablemente represente una caída importante de los ingresos del gobierno. Pero también para el naciente sector privado en Cuba.

La mayoría de los turistas comen en paladares, restaurantes privados, y se quedan en casas particulares, residencias que son rentadas por medio de plataformas como Airbnb, en vez de los hoteles controlados por el Estado.

Es decir, muchos cubanos creen que las nuevas políticas del gobierno estadounidense lastimarán a quienes presuntamente quiere ayudar: a los ciudadanos promedio que han padecido durante décadas una economía afectada por, entre otras cosas, el embargo estadounidense.

“No solo se trata de la gente que arrienda casas o que tiene negocios privados enfocados en un público estadounidense, como yo”, dijo Marla Recio, organizadora de eventos que ayuda a estadounidenses que quieren planear celebraciones especiales en la isla. “También están los que tienen cafeterías o salones de belleza con clientela principalmente cubana que es, a su vez, estimulada por el dinero que trae a la isla el mayor flujo de personas”.

Trabajos de renovación de una fachada en La Habana Vieja CreditMauricio Lima para The New York Times

Uno de los mayores cambios implementados por Obama es que los estadounidenses pudieran viajar por su cuenta para fines culturales o educativos, sin tener un permiso especial del gobierno de Estados Unidos y sin el respaldo de una empresa turística con licencia.

Ahora volverán a ser necesarias las compañías turísticas para hacer esos viajes –llamados intercambios “de persona a persona”–, lo que se prevé que aumente los costos de la visita y reduzca la cantidad de viajeros.

Los analistas políticos y los ciudadanos cubanos temen que los estadounidenses que probablemente planeaban quedarse en casas particulares y comer en paladares simplemente no viajarán a la isla por temor a romper la ley.

“¿Acaso el Departamento de Estado va a imprimir un mapa en el que diga adónde sí y adónde no pueden ir los estadounidenses?”, cuestionó John Kavulich, presidente del Consejo Económico y Comercial EE. UU. Cuba.

Habitantes y turistas en La Habana Vieja CreditThe New York Times

En total, 614.443 estadounidenses visitaron Cuba en 2016, incluidos 329.496 cubanoestadounidenses, según el gobierno isleño.

Las aerolíneas con sede en Estados Unidos que recientemente inauguraron sus viajes directos a Cuba también se verán afectadas, así como las empresas hoteleras que ya habían establecido alianzas para renovar y gestionar hoteles en La Habana. Airbnb, que incursionó el año pasado en el país caribeño y ya tiene listados más de 22.000 hogares, quizá tenga que dejar de ofrecer servicios ahí.

“Trump dice ser un empresario, entonces debería entender que revertir las políticas es un mal negocio”, dijo Rafaelito Fiterre, 22 años, quien estudia turismo en la Universidad de La Habana. “Eso es lo que debería interesarle a Trump”.

Aunque los cubanos muy probablemente se verán afectados por los cambios en la política, de cierto modo son personas que ya están acostumbradas a adaptarse. Las dificultades son el pan de cada día para muchos que ya han vivido momentos como el llamado “periodo especial” a principios de los noventa, después del desmoronamiento de la Unión Soviética.

Alberto González, un ingeniero químico de 38 años que ahora trabaja como taxista, se ha beneficiado por el mayor ingreso de turistas, pero dice que también entiende la naturaleza cambiante de la política internacional con Cuba.

“Antes manejaba una ruta estándar, sobre todo para cubanos, y les cobraba lo establecido por ley, 50 centavos por cliente”, dijo. “Ahora como hay más turistas, muchos estadounidenses, puedo manejar rutas directas y cobrar más. Pero nunca me he confiado de un mercado inflado; nunca me acostumbré al confort. Si el día después de mañana de repente desaparecen los estadounidenses, estaremos bien”, añadió.

“Nosotros los cubanos siempre estamos bien”.