Por Barak Barfi

Barak Barfi, especialista en Asuntos islámicos

Cuando el 5 de junio las potencias árabes del Golfo anunciaron la interrupción de relaciones diplomáticas con Qatar por sus vínculos con el terrorismo, el mensaje fue claro: no alinearse con las políticas regionales supone un costo. Pero ya pasó casi una semana, y Qatar no parece tener prisa por amoldarse. Mientras tanto, la incoherencia de la política exterior del presidente estadounidense, Donald Trump, prolonga esta fractura regional.

El intento de aislar a Qatar de la región no cambiará su cálculo de la situación, por dos motivos. Para empezar, el país es demasiado rico para dejarse mandonear fácilmente. Cuenta con un abundante suministro de gas natural que se traslada a uno de los niveles de ingreso per cápita más altos del mundo. Las restricciones comerciales y de movimiento de personas impuestas por Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahréin y Egipto no afectarán mucho a la economía de Qatar.

La segunda razón por la que Qatar puede darse el lujo de esperar a que sus vecinos se cansen es la importancia estratégica que tiene para Estados Unidos. Como sede de la base aérea de Al Udeid, centro operativo de avanzada de aquel país en la lucha contra Estado Islámico (ISIS), Qatar logró un estudiado equilibrio entre sus lazos con el extremismo islamista y una relación sólida con Washington.

La relación qatarí con grupos yihadistas enfurece a Estados Unidos, pero también le trae beneficios. Por ejemplo, en mayo de 2014 Qatar convenció a los talibanes de liberar al soldado estadounidense Bowe Bergdahl; tres meses después, ayudó a conseguir la libertad de Peter Theo Curtis, un periodista estadounidense secuestrado por la filial siria de Al Qaeda (el Frente Al Nusra). Qatar cree que su conexión con grupos como Hamas, los talibanes y Al Qaeda logró suavizar sus posiciones y predisponerlos mejor a la negociación.

Los vecinos más grandes de Qatar en el Golfo ven las cosas de otro modo, pero hasta ahora la diplomacia estadounidense había logrado mantener la paz. Ahora eso se acabó. El gobierno de Trump no ha mostrado una capacidad similar para apaciguar las tensiones regionales. Tras la ruptura diplomática, Trump fustigó a Qatar en Twitter y dio a entender que la decisión de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos era mérito suyo; esto complicó la postura de Washington y obligó al Pentágono y al Departamento de Estado a adoptar un tono más neutral. Un portavoz del Pentágono elogió el “permanente compromiso con la seguridad regional” de los qataríes, y una vocera del Departamento de Estado calificó la relación bilateral como “sólida” y elogió los intentos de Qatar de limitar la financiación del terrorismo.

Hace años que Qatar se hizo un lugar dentro de la región como mediador de conflictos. Pero después de las revueltas de la Primavera Árabe de 2011, adoptó una política exterior intervencionista que favoreció a los islamistas y fue motivo de malestar en Egipto, Arabia Saudita y los EAU.

En tanto, la relación con Bahréin nunca fue buena. En 1986 hubo un choque entre ambos países en torno de unas islas disputadas. Hoy los gobernantes sunitas de Bahréin deploran la relación amistosa de Qatar con Irán y acusan a la República Islámica de fomentar la agitación en la mayoría shiita de Bahréin.

Los cuatro estados que lideran la campaña contra Qatar cerraron sus fronteras y prohibieron el paso de aviones qataríes por su espacio aéreo, además de cortar lazos comerciales. La mayoría de los países árabes del Golfo exigieron a sus ciudadanos abandonar Qatar. Los EAU llegaron al punto de declarar ilegal la publicación de expresiones de simpatía hacia Qatar en las redes sociales.

Pese a que la lista de países que cortaron vínculos con Qatar da una muestra impresionante de unidad, son igualmente notorias las ausencias. Kuwait y Omán eligieron quedar fuera, aunque los dos son miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (que además de Qatar, incluye a Bahréin, Arabia Saudita y los EAU). El bloque antiqatarí no pudo imponer su liderazgo ni siquiera a sus aliados más cercanos.

En esta misma línea, si bien Jordania anunció una rebaja de las relaciones diplomáticas, no dio muchos detalles. Mientras Qatar pueda mantener relaciones con Jordania y Kuwait, la campaña que se desarrolla en su contra no tendrá mucho efecto.

Todos los intentos anteriores de aislar a estados árabes más vulnerables terminaron en fracaso. Cuando en 1986 Irán capturó territorio iraquí, la misma alianza que hoy denuncia a Qatar exigió a Siria rebajar el nivel de la relación con Irán. Arabia Saudita usó una combinación de palo y zanahoria, con ofertas de reemplazar a Irán como principal proveedor de petróleo para Siria. Pero pese a que entonces Siria venía sufriendo un serio déficit de balanza de pagos, varios años de sequía y reducción de ayudas extranjeras, rechazó de plano las demandas de la coalición de los sauditas.

Además, Qatar tiene que tratar con cuidado a Irán, ya que ambos comparten el yacimiento gasífero natural más grande del mundo (Pars Sur) en el Golfo Pérsico. Irán ofreció proveer a Qatar el 40% de su demanda de alimentos (la cifra que importaba de Arabia Saudita antes del bloqueo). Si bien el riesgo de que Qatar se interne demasiado en la órbita iraní es mínimo, cualquier futuro acercamiento debería preocupar al gobierno estadounidense, dado que la política de Trump hacia Medio Oriente gira en torno de aislar a Irán.

Pero el vacío de liderazgo dejado por Estados Unidos abrió una puerta para la diplomacia regional: Kuwait está tratando de mediar en la crisis actual. Aunque la posibilidad de que las partes involucradas den marcha atrás a cambio de concesiones cosméticas existe, lo más probable es que el conflicto se prolongue varios meses (o acaso años). Esto agravará la fragmentación de Medio Oriente y resaltará la ineficacia del tuitero en jefe de los Estados Unidos.

Traducción: Esteban Flamini