‘La gran apuesta’, burbujas reformistas y mentiras repetidas

Por Teresa Da Cunha Lopes

Teresa Da Cunha Lopes, Investigadora de la UMSNH, especialista en Derecho Comparado

La noticia no es que la transición, la reforma, el cambio no serán fáciles, sino que los “líderes” universitarios no saben cómo llevar a cabo estos procesos.

Los políticos y las autoridades universitarias que están en el poder en tiempos de expansión económica suelen desarrollar delirios de competencia. Se creen omniscientes en todo. Pero, cuando confrontados con la crisis, lo único que suelen hacer es mostrar “el cobre” de su ineptitud para liderar, y la falta de ideas para solucionar problemas. Claro que disfrazan esta ineptitud con el espejismo de un discurso “realista”, en que hasta mantienen su reivindicación de la omnisciencia y la omnipotencia como segunda naturaleza del burócrata. Lo cierto es que, cada vez que uno cree que las autoridades han hecho todo lo posible para destrozar su credibilidad, se superan.

Todo lo que sabemos del proceso que ha llevado a la Universidad hasta este punto nos dice que eso es fantasía. Pero es una fantasía que nublará la percepción de sus integrantes frente a la necesidad de cambios. Más importante sea la negación inherente al desconocimiento de la situación real y las convenciones del “secretismo” burocrático, que dicta que siempre se debe describir a las propuestas de reforma de forma simétrica (que toda información sobre las posturas extremas adoptadas por una parte deben presentarse de tal modo que parezca que ambas partes actúan así). Lo hemos visto en el asunto de los presupuestos.

Estamos aplastados en la UMSNH por dos grupos de asalto: por un lado, sufrimos el ataque de aquellos igual de reacios a afrontar la realidad, igual de obligados a adoptar posturas extremas y, por otro lado, nos arrojan con recortes y amenazas desde grupos de presión política, rabiosamente anti nicolaita.

Lo siento, pero no hay manera de justificar todo eso. Para los expertos en la materia de reforma educativa y de organizaciones de educación superior, resulta horripilante, la verdad contenida en las enmarañadas cuentas del déficit universitario, en la opción política de los recortes a la universidad, de la amenaza de suspensión de pago de la nómina y, por otro lado, de la continua expansión de los nodos educativos y de la burocracia universitaria.

Así que, en este contexto, se podría pensar que los líderes del pensamiento (ej.: la academia) estarían inmersos en una especie de examen de conciencia sobre las vías y opciones de la transición a la sociedad del conocimiento, creando nuevas organizaciones educativas. Naaaa….más bien se ocupan de un “organigrama”, en que, a pesar del déficit presupuestario, los candidatos al hueso arremeten entre sí como los protagonistas del último episodio de Walking Dead

En consecuencia, los parches que pasan por “reformas” en la UMSNH se asemejan mucho a una serie de ejercicios de distintas clases de vudú. La cuestión es que no deberíamos preguntarnos si podemos continuar confiando en alguien acostumbrado a decir cosas demostrablemente inexactas, contando con que los fieles sicofantes lo apoyarán y, que todos los otros no se darán cuenta; sino qué clase de nuevo “albazo” o manipulación será.

A esto, tenemos que sumar el desdén por la comunidad que sólo es igualado por la irreductible prepotencia de la autoridad. El sombrío legado de la austeridad solo existe para los trabajadores, a quiénes se acusa de vivir en la mítica “zona confort”. Acusación que tiene origen en quién odia que un académico, altamente especializado, pueda comer otra cosa que un tazón de frijoles o tener una opinión crítica. Porque para los “escogidos”, todo se reduce a hacer que los acomodados se sientan cómodos. Todo se reduce a los facilitadores, y a los facilitadores de los facilitadores y asesores de asesores que nos han, y continúan, llevando a la catástrofe.

Se pueden extraer algunas enseñanzas de esta catástrofe, pero, ¿calarán hondo? ¿Cuándo crearemos una comisión especial para analizar las causas de la crisis financiera universitaria, con análisis históricos pormenorizados para contribuir a la redacción de un real (concreto) plan de saneamiento de las finanzas y de reestructuración de la deuda, que nos otorgue estabilidad financiera?

De modo que nos encontramos en un punto en el que las perspectivas son terribles, pero pueden evitarse con unas medidas políticamente factibles y de escala bastante pequeña. Tal vez muchos deseen una revolución, pero no hace falta ninguna para salvar la Universidad. Un poco de sentido común, mucho de ética y disciplina presupuestaria, prioridad a lo académico sobre lo político serían suficientes. Pero ¿qué pasará si el próximo rector es un hombre (a una mujer difícilmente la dejan presumir que puede “llegar”) que no cree en el sentido común, mucho menos en la ética y disciplina presupuestaria. o, mejor dicho, en ningún hecho que le resulte incómodo, sea del tipo que sea?

¿Podremos sobrevivir a otros cuatro años de lo mismo?