Por Nothingman

Inflado como un pez globo, como Ben Sanderson en Leaving Las Vegas, echado en el sillón como una res dopada con tafil y encaminándose al matadero. Así estaba el domingo sintiendo la resaca de las caguamas de una noche anterior, pero así me pasa siempre que escucho el acordeón de los Invasores de Nuevo León, con esa voz áspera de Don Lalo Mora. Pero si ya sé cómo me pongo pa que le meto al cuerpo lo que pide. Aunque me es inevitable, porque más allá del dolor de cabeza, me retumbaba como eco una canción en específico: “que no se apague la lumbre y que se haga una costumbre, el sufrir y también llorar”. ¡Ay papel!, échele Don Lalo que pa eso está la garganta. Pero era domingo y era temprano, la méndiga alarma no paraba de sonar y yo abría los ojos mientras olía mi propio aliento y me daba asco, entre el cigarro, la cerveza y los tacos de tripitas que me había chingado tratando de bajar la peda. Y todo para que, tooodo para que, para que tanto amaaaaar… pinche Ricky Martínez y su acordeón, así me sentía el domingo y todo para ver el triunfo número 8 de su majestad Roger Federer en suelo londinense. Aunque debo admitir que no me gustó la final de Wimbledon, yo quería un topón serio, un enfrentamiento entre Nole y Federer, que se dieran un pique como en los viejos tiempos en los que jugaban a dibujar poesía en el aire con la raqueta, pero ni modo, el niño sin patria, el serbio Djokovic, se retiró lastimado antes de tiempo. Eso no se hace Nole, aunque sé que no lo entiendes, no eres como un boxeador mexicano que sin importar la madriza que le estén dando siempre pide más, un round más, porque como dijo Rocky, no importa lo fuerte que puedas golpear, importa lo fuerte que puedan golpearte y seguir avanzando, lo mucho que puedes resistir y seguir adelante. Apréndele algo morro.

Me senté frente a la pantalla y sintonicé ESPN, ya todo estaba dispuesto, saqué del freezer otra caguama, pa conectarla, pa no sentir la cruda tan en vivo, retrasarla tantito, unas horitas no más. El partido no empezaba todavía, los comentaristas narraban lo que todo el mundo ya sabíamos, me puse a ver el whats y me aventé dos videos porno, le sacudí el cuello a la garza un rato, antes de que comenzara el match, y después me preparé un lonche de aguacate con queso chihuahua. Cilic y Roger salieron a la cancha y me puse a ver el game. Esa presencia del ídolo, de su señoría, todo seguridad y confianza, a sus 35 años, en su final número 11; su esposa en las gradas y la gente rendida para presenciar la historia; aunque de historia ya no tiene nada. Histórico hubiera sido entrarle a los pelotazos en Zacatecas… digo en París, la tierra de la arcilla y ponerle un estate quieto a Nadal, ese bicho raro del tennis que ensucia el juego y molesta con sus pujidos orgásmicos cuando le pega a la pelotita. Desagradable el tipo, un español que no se merece estar en el top ten de la ATP, porque desprestigia el deporte blanco. Y poquito peor Cilic, que solo dio batalla un set, los otros dos se dejó caer ante la presión del público, ante el juego implacable de Federer, quien con cada raquetazo lucía movimientos como en los años mozos.

¡Qué juego y que delicadeza para aplastar al rival! Con respeto, sin burla, sin aspavientos dramáticos; no fue el Roger decadente de hace dos años en el US Open, cuando Cilic lo despachó directito a los Alpes suizos, ni tampoco fue el Cilic que la cruzazuleó el año pasado al estar arriba dos sets a cero y dejarse alcanzar y pasar por Federer. Esta fue la final del jugador más grande en la historia del deporte blanco, porque para torneos nada más Wimbledon, ni el Australia Open ni el US Open los considero torneos de altura, es más el márquetin que otra cosa, el Roland Garros es la pura parafernalia de un país wannabe, mitificado por la academia.

Pero a Roger le bastó una hora con cuarenta minutos —y la planta del pie izquierdo lesionada de Cilic— para levantar su octavo título, entre las lágrimas del video que le proyectaron con imágenes de sus ocho triunfos en suelo londinense, con la historia que ha marcado para las futuras generaciones y para aquellos que hemos tenido la oportunidad de verlo jugar. Besaba la caguama dándole tragos profundos, recordando aquella ocasión en que Nole le arrebató el octavo, en ese momento se pensó que su majestad ya no tendría oportunidad de competir, ya no podría seguir, apareció muy atrás en el ranking de la ATP, hubo quien, incluso, se atrevió a manifestar que Nadal lo alcanzaría en Grand Slam ganados, que Djokovic le pisaba los talones y que no se descartara a Murray; y si a eso le sumaban su lesión provocada por una caída en la tina del baño de su casa mientras bañaba a sus hijos…. pero nada de eso ha pasado, el Rey ha regresado y ahora se da el lujo de escoger los torneos que jugará, cómo los jugará y casi casi, cuándo los ganará; porque ni Dimitrov, ni Raonic, ni Berdych le pudieron meter el pie, ni mucho menos Cilic en su undécima final en la cancha principal del All England Club.

Ver jugar, por ejemplo, a la prometedora leyenda Alexander Zverev, no es lo mismo porque uno recuerda la historia de Federer y sabe que algo hace falta en los jugadores emergentes, algo está perdido en los movimientos de raqueta, en lo impredecible de los saques o lo delicado para poner la bola cerca de la red, solo Roger Federer sabe hacerlo y no se ve que haya dejado escuela o que le hayan aprendido correctamente.

Se acabó el partido y con él dos caguamas más, tocaron a la puerta y no abrí, no estaba de humor para atender a un desconocido que venía a ofrecerme productos que jamás usaré. Me quedé escuchando las palabras de Federer, reconocerle a su rival la valentía y el esfuerzo por mantenerse en pie luchando a pesar de su lesión en el pie izquierdo; todo un caballero en la cancha, pero cómo no admirar a un deportista de ese nivel, de los pocos que no tiene en las gradas a una súper modelo con sus lentes Carrera cubriéndose el sol. Da gusto ver atletas de alto rendimiento que aún no pierden el piso, porque lo difícil no es ganar 19 Grand Slams, ni 8 Wimbledon, tampoco lo es ser el mejor de la historia en el tennis, ni contar con una trayectoria altruista; lo complicado siempre es seguir siendo el mismo chaval que tenía aspiraciones. Le di el último trago a la caguama y destapé otra mientras encendía mi ordenador para disponerme a escribir la presente reseña. En hora buena: The Greatest-ever of All England Lawn Tennis and Croquet Club.