Catalán, no español

Por Luis Moreno /Grupo Crónicas Revista

Profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos. Autor de “Trienio de Mudanzas”

“El hombre, tal y como Dios lo ha creado (ignoro por qué), se entrega con tanta menos fuerza cuanto más vasto es el objeto de su amor. Su corazón necesita particularizar y limitar el objeto de sus afectos para abarcarlos en un abrazo firme y duradero” (Alexis de Tocqueville, 1805-1869).

Según los datos disponibles en la web del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, casi 1 de cada 4 catalanes se identificaba el pasado mes de junio como “sólo catalán, no español” (“Nomès catalan/ana”, 22,8% de los encuestados, Baròmetre d’Opinió Política, REO 857). En 1984, el porcentaje era del 8,5%. En aquellas fechas el redactor de las presentes líneas estaba enfrascado en la elaboración de su tesis doctoral en la Universidad de Edimburgo, la cual versaba sobre una comparación entre Escocia y Cataluña respecto al nacionalismo y la descentralización en el Reino Unido y España.

La contribución más referenciada de aquella investigación ha sido la que, tiempo después y en el mundo académico anglosajón, se acuñó como ‘the Moreno question’. Se trataba de una pregunta estándar que ha sido empleada en distintas encuestas, lo que permite comparar su variación entre diferentes territorios y fechas: “¿Diría Vd. que se siente sólo(andaluz, catalán, gallego, valenciano, etc.); más (andaluz, catalán, gallego, valenciano, etc.) que español; tan (andaluz, catalán, gallego, valenciano, etc.) como español; más español que (andaluz, catalán, gallego, valenciano, etc.); o sólo español?

En síntesis, la pregunta indagaba sobre el grado decompatibilidad y dualidad en el modo de identificación de los ciudadanos en sus ámbitos estatal y subestatal. Un mayor grado de ‘identidad dual’ reflejaría un solapamiento de las afinidades identitarias entre lo general y lo particular. En consonancia con ello, el ordenamiento jurídico y de gobierno se legitimaría con la convivencia democrática de instituciones de gobierno estatales y subestatales, o de la administración central de Estado y de la administración autonómica, como en el caso español. Ello respondería a la congruencia espontánea y simultánea que se manifiesta en la ‘piel de toro’ entre lo español y lo andaluz/catalán/vasco/etc.

Implícito en dicho marco analítico normativo se situaba el caso del secesionismo o la independencia política. Es decir, cuando una mayoría de ciudadanos de comunidades políticas como Escocia o Cataluña se identificase exclusivamente como ‘sólo’ escocesa o catalana, la bases sociológicas de tal realidad avalarían la reivindicación política de la autodeterminación y la creación de un estado propio. El silogismo era propio del ‘sentido común’, apelativo que dio nombre a una de las escuelas filosóficas de mayor impacto de la modernidad europea originada entre los pensadores de la Ilustración escocesa del siglo XVIII.

Pero resulta que en el referéndum promovido por la Generalitat el 1-O, y de acuerdo a los propios resultados facilitados por el gobierno catalán, los catalanes que en junio pasado no se consideraban españoles (un millón y cuarto) fueron insuficientes -de haber votado todos y al unísono- para alcanzar la cifra de dos millones que dijeron ‘sí’ a la separación de Cataluña de España. Sin perjuicio de que en próximos artículos concentremos nuestra atención en el grupo de ciudadanos que se identifican como “més catalans que espanyols” (un 21,5%) y de donde, según nuestro ‘sentido común’, provendrían los 800.000 votos de diferencia que conformaron el 90% de ‘síes’ a la secesión el 1 de octubre, es oportuno que nos detengamos ahora en el examen de quienes sólo se consideran catalanes.

Sería reduccionista y pretencioso compendiar en una sola variable explicativa la razón que ha hecho triplicar el número de quienes se identifican como ‘solo catalanes y no españoles’ entre 1984 y 2017. Buena parte de las opiniones vertidas en los media y redes sociales de los últimos días hacen hincapié en los fallos de los partidos de ámbito español. Estos, en suma, no habrían sabido adecuarse a las aspiraciones de mayor autonomía, al menos del 45% de ciudadanos que expresan un mayor grado de catalanidad (‘solo’ o ‘más que español’). Ahora a éstos no parece bastarle algo menos que la creación de un nuevo estado en Europa (que no en el seno de la UE, algo altamente improbable).

Lo que los anteriores porcentajes y dígitos muestran ‘prima facie’ es que el nacionalismo político catalán (ahora representado institucionalmente por PdeCat, ERC y CUP) ha sido muy eficaz a la hora de sumar nuevos valedores de la independencia y de haber aprovechado la ‘ventana de oportunidad‘ que ha supuesto la Gran Recesión desatada en 2007-08. No pocos de los frustrados perdedores en la crisis económica han optado por alternativas populistas en otros países europeos, apoyando a sus inefables líderes políticos (Marine Le Pen, Geert Wilders o Nigel Farage, ¿se acuerdan ustedes de este último?). En el Principado, algunos de ellos (¿cuántos?) sí han optado por el ‘somni’ de una Cataluña independiente y, desde luego, más rica (‘Espanya ens roba’, ¿vuelven a acordarse?). La acción coordinada de los partidos nacionalistas con entidades movilizadas de la sociedad civil catalana, como ANC u Òmnium Cultural, ha resultado en una narrativa ilusionante, la cual ha minado la legitimidad del remedio federalizante del Estado de las Autonomías.

Su acción ha percutido una y otra vez en la debilidad de liderazgo político de los partidos de ámbito español, los cuales han mostrado recurrentemente su incapacidad de conformar lo que era incipiente y embrionario en la Constitución de 1978: España como estado federal. Sin ambages. Valga como ilustración de tal impotencia la existencia de un Senado amorfo que no actúa como la debida cámara territorial de un sistema federal donde todos sus componentes debaten y eventualmente acuerdan las grandes cuestiones del Estado y de la acción del Gobierno. Apenas sí ha servido para ofrecer poltronas y prebendas a políticos veteranos curtidos -pero amortizados- en las peleas pesebristas de los partidos.

Toda la parafernalia del referéndum del 1-O, y sus lamentables consecuencias de enfrentamientos y fractura social, ha corroborado el acierto de la estrategia nacionalista expresada con meridiana claridad en octubre de 1996 por Joaquim Triadú i Vila-Abadal, a la sazón miembro del Comitè Executiu Nacional de Convergència Democràtica de Catalunya: ‘Quizá el casi 50% de catalanes que se consideran tanto catalanes como españoles deberían decantarse paulatinamente hacia una mayor catalanidad. La bigamia patriótica no es una buena solución para los problemas de pervivencia para las naciones sin estado’.