La fogata y la llama.

Sergio J. Monreal.Nació en la ciudad de México el 17 de junio de 1971. Radica en Morelia, Michoacán desde 1984. Narrador, poeta, ensayista y dramaturgo.Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos, convocado por el CONACULTA y el Gobierno de Oaxaca. Primer lugar en los XXXIV Juegos Florales de la Revolución Mexicana 1998. Becario del CECA-Michoacán en 1997 y del FONCA en 1999

La vida a menudo semejaría resolverse en una sostenida, interminable sucesión de elipsis. Narrativas, dramáticas o fílmicas, según el gusto, la personal propensión o la profesional deformación de cada cual. Un repertorio de espacios, tiempos, personajes y situaciones que durante cierto trecho amagan estabilidades de puerto terminal, pero que sin embargo verán más temprano que tarde despachadas con un categórico “corte a” las coordenadas que parecían fijarlos y enlazarlos. Y no serás consciente de ello sino mucho después, cuando la sustitución radical de puntos cardinales haya estabilizado con nuevos espejismos de eternidad tu día a día.
¿Será que se trata menos de un fenómeno generalizado, que de una condición singular mía, expresable en esos términos zodiacales que tanto fascinan a unos y tanto enervan a otros? ¿Mi natural geminiano imponiéndome una más bien amable, una (casi) indolora condena de mutabilidad, o en todo caso cierta sensibilidad peculiarmente exaltada para las mutabilidades que a la inmensa mayoría de los otros les resultan naturales e indiferentes?
No lo creo.
Duré cosa de tres años acudiendo al mismo café y sentándome a la misma mesa. Y ya desde aquí las palabras vuelven a incurrir en su obstinado desliz de distorsionar cuando más se afanan en esclarecer. Pues la verdad es que a menudo la mesa aquella se encontraba ocupada, y yo debía instalarme en una distinta; recuerdo al menos a otro par de asiduos parroquianos, quienes con idéntico derecho o idéntica arbitrariedad pudieron durante esos años reivindicar tal mesa como propia, llamarla suya. Tenía su dosis de ridícula tragedia ingresar al café y descubrir que uno de ambos se encontraba ya ahí, victorioso desde su indiferencia fingida; tenía su regusto de épica minimalista mirarlos entrar, y registrar desde el rabillo del ojo su tenue suspiro de desaliento cuando advertían que esta vez me les había adelantado.
No obstante, tales episodios, tales batallas secretas, tales risibles júbilos de trampero que ha obtenido la mejor pieza de la caza, representaban menos que residual polvo de aserrín entre virutas del vivir mucho más señeras y relevantes; un polvo que sólo ahora, con distraída impudicia, llego a recobrar, confesar, concientizar incluso. Durante la temporada a la que aludo, lo mismo entre amigos, conocidos, familiares y alumnos, aquella fue, sin ningún género de disputa, “mi mesa”.
—Te vemos en tu despacho —solían decirme.
Obedeciendo a los puntuales azares geométricos sobre los que gusta levantarse nuestra sólo en apariencia caótica voluntad de evocación, justo hará tres años que no pongo un pie en dicho café, ni por ende he vuelto a sentarme en la que fue “mi mesa”. Podría enlistar aquí varias razones, todas de orden práctico, involucradas en el asunto, pero puestas en perspectiva me parecen insuficientes para justificar la magnitud del nevermore acumulado ya de forma irreparable entre ese café, esa mesa y yo. Un buen día, los tres (y a través de los tres una larguísima estela de concatenaciones impalpables) nos establecimos mutua norma referencial; no digo yo que con amagos de inmemorial infinito, pero sí de hábito concluyente. Y otro día el vínculo quedó desvanecido sin posible restitución ni visible fractura.
La vida continuó y continúa como si nada hubiera pasado, y nosotros la vamos urdiendo o vamos siendo urdidos por ella con la convicción de que todo sigue más o menos igual. No percibir cambios sustanciales, espectaculares ni súbitos en la configuración general de nuestro ser y nuestro hacer (como las que pueden representar, pongamos por ejemplo, una muerte, un nacimiento o un divorcio) genera la impresión de que no ha habido modificación alguna. Hasta que de pronto te asalta la sensorial memoria del tiempo efectivo que consagraste durante cierto período a aquel rincón, a aquella grieta en la madera de la mesa, a aquel tono que la luz del mediodía —filtrada hasta el borde de la taza— consiguiera volverte familiar.
Una mañana, tiempo después, me topé en alguna esquina con la mesera de aquel café, quien de inmediato me preguntó por qué los había abandonado. No supe qué responderle. Ni siquiera había llegado nunca a aprenderme su nombre. Y además, ¿qué tipo de explicación podía ofrecerle? ¿Hubiera tenido algún sentido decirle que mi vida, a los ojos ajenos y a los propios, aun cuando afectando los invisibles y secundarios ajustes que acostumbra experimentar la vida de todo el mundo, continuaba siendo básicamente la misma, sin llamativas alteraciones ni sobresaltos? ¿Debía hacer de su conocimiento que mis conocidos se habían acostumbrado con entera naturalidad a situarme en la mesa de un café distinto, a la que habían rebautizado sin ningún género de traumática contradicción como “mi mesa” y “mi despacho”, llegando algunos incluso a aseverar no sólo que yo siempre estaba ahí, sino que siempre había estado ahí? Por supuesto que no. Aun exagerando la humana familiaridad y la cotidiana propina que nuestros años de relación le supusieron, seguro yo sería también ya para ella una anécdota menor, rápido desdibujada por la implacable parsimonia de la rutina.
Quizá convendría aquí pluralizar el término, dado que no se trata propiamente de rutina, sino de rutinas. Y nada hay menos estable en este mundo que dichas rutinas, a despecho de cuanto el término en su más burocrático singular parezca sugerirnos. Se renuevan incesantes, se reinventan cotidianas, se modifican con una movilidad algo caótica bajo su talante de inalterable permanencia, sea que éste nos resulte tedioso hasta la claustrofobia o acogedor hasta la voluptuosidad.
Basta el retiro de un modelo de pluma, bolígrafo o lapicera en la papelería, para que se modifique en íntimas proporciones nuestra material relación con el acto de escribir, la forma en que el pensamiento se organiza al contemplar cómo la tinta o el grafito derivan huella sobre la superficie del papel, la disposición de nuestros dedos al aferrar un doméstico instrumento en tantos aspectos diverso respecto del que empuñábamos ayer. Y parece no obstante, tanto para los otros como para nosotros mismos, que nada se ha modificado en lo más mínimo; que simple y llanamente continuamos escribiendo al igual que todas las mañanas. Lo único que daría la impresión de importar sería el acto de escribir por sí mismo, indiferente a la contingente herramienta que lo posibilita a nivel práctico. Y nos sostenemos en esa raquítica certidumbre, aun cuando dispongamos de un amplio y documentado conocimiento de causa a propósito de lo quisquilloso que suele volverse todo hipotético escritor cuando no dispone de los precisos instrumentos elegidos para el desempeño de su tarea. La mayor parte de los amanuenses a quienes en persona conocemos, o de aquellos sobre cuyas manías hemos leído, demandan o demandaron siempre un cuaderno específico, un indispensable tono de tinta, el resguardo insustituible de determinado sillón, determinado escritorio, determinada ventana o determinada barra de bar.
Intrascendencias, dirán las almas juiciosas; la única cosa relevante resulta en este caso particular que siguen escribiendo; cualquier consideración distinta es (por favor) literatura. Y ya se sabe que la literatura sólo resulta admisible, y (no crean ustedes) hasta ponderable, mientras se mantiene quieta, domesticada e inofensiva dentro de su universo de caracteres, sea en soporte impreso o digital. Nada de andar pretendiendo inmiscuirla con la vida real, ni menos aspirar desde trasnochadas veleidades románticas (todavía) a volverla su detonador o su rasero.
En apego a semejante lógica, lo relevante será también que seguimos trabajando, indiferentes por completo al largo tiempo transcurrido sin que hayamos vuelto a ver a los compañeros que fueran en su oportunidad (durante aquellos cinco años, aquellos diez meses, aquellas tres semanas) referencia y hasta condición necesaria para la idea misma de trabajo. Lo importante es que seguimos amando, pues nada productivo aporta meditar hasta qué extremo punto quedaron deslavados los puntuales, tajantes perfumes con que el amor se nos mintió alguna vez definitivo.
Me considero un espécimen de costumbres y manías perdurables, altamente reiterativas. Pero apenas me asomo a la específica sustancia material y sensorial de esas manías y costumbres, y a partir suyo me da por recobrar en distante perspectiva el repertorio de minúsculas divergencias y sutilísimos matices que han admitido dentro del plazo de su aparente fijamiento, paso a descubrirme asentado en el más inestable amasijo de pedacería pulviscular. Sin poder fijarle semblante definido a mi cara de todos los días, de la misma manera en que no puede delinear con nitidez el perfil de figura alguna quien se afana en aislar con la mirada una llama al interior de una fogata.
Sin embargo, la fogata calienta e ilumina.
Y probablemente continuará haciéndolo, mientras no olvidemos que también, desde su domesticidad sólo en apariencia inofensiva, sigue resguardando todo el tiempo —ella sí intacta— la capacidad de quemar.
* Se publica con autorización expresa del autor