¿Una Universidad al servicio de los “ricos “o una universidad al servicio de Michoacán?
Por Teresa Da Cunha Lopes

Teresa Da Cunha Lopes, Investigadora de la UMSNH, especialista en Derecho Comparado

La creciente influencia de la riqueza ha conllevado la retirada de los intelectuales de los espacios de decisiones políticas.

Como consecuencia hemos asistido al desmantelamiento de los programas sociales (que solo se mantienen en su nivel “asistencial “como herramienta de captación de votos), al deterioro de la educación pública, al ataque a los sistemas de jubilación y a la mercantilización de la salud.

Es importante analizar cómo desde el poder la cuestión de la desregulación, permitió a los más ricos hacer dinero gracias, precisamente al abandono de la rectoría del estado sobre un sistema financiero bursatilizado ( cada vez más cercano al “salvaje oeste”) y, como esos mismos ( empresarios, iniciativa privada, especuladores de todos los colores) , representantes de la “economía de la edad oscura ) reclaman la sumisión de las universidades públicas a reglas de control político ( que no académico ) para callar la única voz crítica y la transformar en una fábrica de dóciles esclavos modernos para mercados de trabajo , que están llenos de ser innovadores, que no usan conocimientos de punta y, en que el desarrollo de los indicadores de calidad de vida de las poblaciones es la última de sus preocupaciones.

Esta fuerza de atracción entre el poder político y los “ ricos” ( que no entre el poder político y “la riqueza de la nación “) afecta a las políticas públicas, en particular en el campo del financiamiento de los rubros operativos que permiten el acceso a los derechos económicos, sociales y culturales de las poblaciones.

Solo así , podemos entender la asombrosa disposición con que los lideres ( para llamarlos de alguna manera ) políticos locales insisten en aplicar durísimas medidas de austeridad a la UMSNH , que solo tienen su justificación en una conjunción de intereses empresariales y personales .

Pero, no deberíamos quedar solo en este nivel de análisis. A la hora de considerar el papel que el dinero, concentrado en las manos del 1% de la población, tiene sobre la definición de las políticas públicas (que diseñarán el futuro del restante 99% de los ciudadanos) deberíamos tener presente que hay muchísima corrupción.

Que hay políticos que se dejan comprar (directamente por soborno activo o bien, a través de apoyos para sus campañas electorales) y, que por lo tanto no nos representan a nosotros, sino a esos intereses particulares. En consecuencia, están obligados a mantener determinadas tendencias de voto, a firmar posiciones que fortalecen las opciones de los “ricos” y, a mantener un discurso que, defienden con tanta o más fuerza, cuanto más les pueda asegurar beneficios personales materiales (por ejemplo, la compra del último BMW o la colegiatura de sus hijos en universidades estadounidenses)

Y, como una “mentira repetida mil veces, se transforma en una verdad”, a fuerza de repetir, una y otra vez, los mismos argumentos-falacia, hasta es posible que se convencen a sí mismos de que no son “vendidos”.

Pero, todo sería muy claro si tuviéramos que lidiar, solamente, con los políticos corruptos. Como muy bien lo analizó, en su momento, Mencken, en los años 30 del siglo pasado, la influencia que los “ricos” pueden ejercer sobre los políticos dignos y honestos (que, también los hay) es inmensa y asume matices más sutiles, pero que no dejan de ser firmes y poderosos.
Yo misma, en un artículo de opinión del 2014, intitulado “Las decisiones políticas “, afirmaba y, paso a citar:

“En el mundo real los políticos adoptan sus decisiones en función de sus propios intereses, como todo el mundo.

Esto no es una alusión a los políticos corruptos que utilizan su poder para enriquecerse de forma deshonesta; un político absolutamente honrado en un país democrático se esforzará en ser reelegido y en que su partido obtenga más votos. Lo que ocurre es que en los países democráticos donde hay libertad de prensa, los intereses de los políticos suelen coincidir con los intereses de la mayoría de la población.

El análisis económico del comportamiento político es el objeto de una rama especializada de la ciencia política: la Elección Social o “Public Choice”, de la cual uno de cuyos más destacados líderes y teóricos es Buchanan. Para esta corriente, los sistemas democráticos pueden ser vistos como “mercados” en los que los partidos políticos son empresas que ofrecen servicios administrativos a la comunidad. En su publicidad dicen qué harán y cómo lo harán.”

Con efecto, así se toman las decisiones políticas en las democracias avanzadas, pero no ha sido el caso en el contexto moreliano y bajo las reglas de “oligarquía funcional” que reviste la acción política local. Nos hemos acostumbrado (mal acostumbrado) a que los “programas políticos” sean sustituidos por “ideas”, normalmente surgidas, consensuadas, en largos almuerzos en hoteles de lujo, opíparas comidas entre políticas o “viajes “, el todo financiado con nuestros recursos públicos salidos de los impuestos. Estas prácticas, acabaron por ser transformar en el paradigma bajo el cual floreció nuestra “cultura” política, a la que hoy en día podemos llamar la “cultura del golfista”. Es esa “cultura” política que formatea los comportamientos políticos, los códigos no hablados, y que hace mucho difícil cambiar el rumbo aun cuando nos enfrentamos a la catástrofe económica /Ver mi artículo de opinión del 2012 “¡Resiste, No te Rindas!”).

Hoy, nos enfrentamos a una catástrofe económica en la UMSNH. Es el desenlace le las diversas crisis, artificialmente producidas, en estrategias delineadas desde la intersección entre los “ricos” y los intereses personales de diversos actores políticos, en un proceso típico de esa “cultura política del golfista” arriba descrita. Esta catástrofe económica puede (podría) ser evitada con facilidad, porque en la realidad en economía, el grande motor, en la actualidad, es la demanda social (no solamente, la demanda del “capital”). La demanda que sólo existe cuando consumidores, empresarios, gobiernos gastan lo suficiente, pero lo gastan correctamente, en proyectos sociales, en el acceso a los derechos como la educación, la salud, la seguridad social y no solamente en “proyectos productivos” para 3 o 4 cuates.

Cuando hoy habla de generar empleo, el ciudadano (o sea el elector) debate, en la realidad, de la generación de empleo de calidad con ingresos dignos. Cuando el ciudadano (el elector) habla de activar el mercado interno y de permitir a las familias consumir, habla a partir de un punto de vista de un consumidor con derechos que ha aprendido, poco a poco, a ejercer. No del punto de vista de aquellos que le quieren imponer una economía “de espejitos y cuentas de vidrio colorido”.

Sin embargo, la “cultura de la política del golfista” compartida por la oligarquía local todavía no lo ha entendido. Por eso, esa posición de ataque a la universidad pública, como un frente  entre empresarios (y sus “asociaciones”) y líderes políticos locales. Y, por eso debemos considerar, tal como lo avanzaba en el inicio de esta columna de opinión, el papel que el dinero (o sea, o sea el papel de aquellos que son detentores del dinero) tiene en la definición de las “políticas” de recortes masivos a la educación superior pública. El elemento principal, generalizado, el único componente inalterable de la mezcla es la corrupción: políticos que se dejan comprar y que votan, aprueban y ratifican única y simplemente la agenda de los grupos de interés a los que pertenecen de cuerpo y alma. Hasta que un mejor postor les hace ver otra “verdad”, otros “principios” y otras “luchas”.

La riqueza abre puertas y estas puertas son vías de influencia personal directa sobre la formulación y la ejecución de las “políticas” del estado. Tres, cuatro familias entran a los despachos de gobierno, del congreso, de una forma muy distinta a usted o a mí. O ni siquiera van, convocan, a cualquier representante electo, a cualquier funcionario a su terreno. Y, una vez dentro del despacho pueden ser convincentes, no sólo por los “regalos”, sino por quiénes son.

Por esta razón, no necesitan de la “marcha”, de la “toma”, del “movimiento”, del “bloque”, del “sindicato”. Nosotros, sí

No me sorprendería que mañana, cuando algunos políticos honestos (que los hay) empiezan a levantar la voz en favor de la Universidad pública y, en particular de la UMSNH, nos caiga arriba un “Manifiesto” de los “ricos”, imponiendo cláusulas de austeridad reforzada contra la UMSNH, exigiendo firmas y pleitesía de la clase política, lo todo bajo la “bandera de la unión ” por la UMSNH. No existe tal ” unión” de estos grupos de interés y de presión a “favor de la UMSNH”. Existe una unión por la aniquilación de Nuestra Máxima Casa de Estudios. Es claro, es nítido, es visible para todos, menos para sus intervinientes directos (el pequeño grupo de individuos y de familias que recaban los frutos de la “compra” del cuerpo político) que la “cultura política del golfista” ha llegado a sus límites en Michoacán. Por eso, ellos necesitan de “nos aplastar”, de someter al único espacio de libertades, a la voz crítica, a la consciencia social del Estado que es la Universidad pública.

Somos los que denunciamos que el incremento de ingresos de la élite se realiza al mismo tiempo que abren las brechas de la desigualdad social, de la injusticia, del deterioro de la educación pública, de la inoperatividad de las pocas estructuras de protección social y en la salud. Que hacemos la demostración, con números, que el paro aumenta, que la pauperización y la falta de oportunidades arrojan a las calles a miles de personas. Que, tal como lo explicó de forma magistral y contundente el pensador económico francés Thomas Piketty (ver mi artículo del 2014 “Thomas Piketty: La emergencia de un nuevo paradigma económico-jurídico”), esto es fruto de estamos volviendo al “capitalismo patrimonial” (Krugman:2014), en el que las altas esferas de la economía están dominadas no solo por los ricos, sino también por los herederos de esa riqueza, de modo que el nacimiento tiene más importancia que el esfuerzo y el talento. En consecuencia, es claro, es nítido, es visible para todos, menos para sus intervinientes directos (el pequeño grupo de individuos y de familias que recaban los frutos de la “compra” del cuerpo político) que la “cultura política del golfista” ha llegado a sus límites en Michoacán.

Estamos en riesgo de perder el futuro, tenemos que nos concentrar en lo inmediato. Aceptemos la responsabilidad colectiva de haber permitido la instalación durante décadas de la “cultura política del golfista”: iniciemos hoy su desaparición. Coloquemos la cuestión: ¿queremos una Universidad al servicio de los “ricos “o una universidad al servicio de Michoacán?