Por Nothingman/ Grupo Crónicas Revista

En cada ocasión que he tenido la fortuna de trabajar no he podido sentar las bases para crearme un presente mejor, es decir, por más esfuerzo o empeño que dedico a mi labor profesional, termino por cometer errores de los que es difícil reponerse. Desde luego en el trayecto voy generando amistades que, con un poco de suerte, lograré conservar el resto de mi vida, aunque debo admitir que ese es otro de los grandes problemas a los cuales me enfrento diariamente. Así como soy incapaz de conservar un empleo o forjarme un presente, de igual manera soy incapaz para conservar amistades, me cuesta trabajo estar apegado a la gente y no es que los aborrezca, simplemente me aburren, puedo ser cortés claro está, saludar por las mañanas e intentar abrir la boca para no olvidar la cortesía debida de alguna regla de urbanidad, pero lo hago más que por socializar por saberme consciente de mis limitaciones, no vaya pensar usted que peco de soberbio, al contrario, creo eso es algo que requiero, es solo que me parece perverso pararme frente a alguien a quien inevitablemente me importan un carajo sus pensamientos. Disfruto de la soledad no como una carga o una forma de meditación, sino porqué me revela mis propias incapacidades, al estar solo puedo lograr recomponer mis pensamientos o darles vuelta hasta marearlos, o incluso si me atrevo un poco, pensar en el suicidio. La gente pues en general y las pocas amistades con las que cuento  a la fecha, han sabido soportar esa parte de mí y quizá en gran medida porque no se han acercado lo suficiente para conocerme a cabalidad tal vez, eso me permita a mí seguir avanzando en este empedrado camino que llamamos vida y les permite a ellos, mis amistades, forjarse una idea de mi existencia que compagine con su realidad, digamos que para aquellos a quienes les abro la puerta de mi casa yo soy simplemente una proyección de lo que su déficit de atención requiere para llenar su vacío individualizado, y eso, considero es a lo que se puede llamar felicidad estar apegado a otro puede ayudarnos a ser mejores no importa el momento en que uno se encuentre se necesita ser co-dependiente para subsistir. Por cuenta propia o por méritos propios, no se es suficiente, invariablemente se necesita del otro, y se necesita de eso para realizar una auto-proyección de la singularidad de cada uno, cuando esa tarea falla entonces esa persona se convierte en un objeto desechable y en la vida de los hombres para fortuna no hay reciclaje.  De ahí que estoy seguro que los propósitos que debía cumplir en mi vida ya fueron realizados y por ende, ya fui desechado quizá desde hace mucho tiempo atrás; al ser así he concluido que mi vida, con lo  monótona y sarcástica que es, tuvo su futuro hace una década cuando aún me permitía buscar entre los otros aquello que revitalizara y empujara mis ideales, aquello que intentaba llevar a cabo sueños e ideas sufribles y dramáticas. Creo que a eso es lo que la gente denomina socializar; sin embargo, suelo ser muy desapegado de la cotidianeidad, por ejemplo justo ahora escribo esto en la misma mesa donde como, leo y escribo, quizá alguien podrá interpretar que eso, justamente, es la cotidianeidad; en cambio para mí, y aquellos que me conocen a la perfección; eso no es más que parte de mi obsesión compulsiva por seguir ciertos patrones donde mi ser se puede desenvolver limitadamente. Lo mismo me sucede con mis familiares, entiéndase padres y hermanos, me es complicado poder estar apegados a ellos; es claro que los amo y que sin ellos jamás hubiese llegado hasta donde estoy actualmente, pero me da igual si hablo con ellos seguido o si dejo de hablarles por meses, tanto ellos como yo sabemos que estamos bien, que seguimos respirando y aún no tenemos el privilegio de morir, es como si nuestro silencio mutuo se interpretara en una comunicación telepática, tanto mis pocas amistades como  mi familia estarán ahí, desapegados a mí como yo de ellos, pero siempre ahí, hasta que deje de respirar o lo hagan ellos primero, justo así como lo está dejando de hacer mi madre a quien desearía darle el aire que me sobra, las fuerzas que no tengo, la vida que no merezco y las ganas de verla siempre dentro de la cocina preguntándome qué deseo comer, pero no se puede porque el cáncer no lo tengo yo, sino ella y la vida mía sigue, no la de ella. Así que solo me queda esperar y de vez en siempre recordar aquello que me ha dado y agradecerle siempre por estar ahí hasta que el cáncer lo permita y cuando ya no se pueda más entonces poner punto final y pasar a hacer otra cosa, un recuerdo contante quizá, pero algo eterno y a la misma vez efímero. Lo siento por mi madre y por mí, quién sin ella sé, mi vida no volverá a ser la misma y escribo esto mientras escucho el solo de piano realizado por Bill Evans en Flamenco Sketches del Kind of Blue (Remastered 96kHz.24-Bit. 1080pHD) y no puedo dejar de asimilar y pensar que la vida es eso una melodía melancólica que no quieres que termine pero tarde que temprano pondrá su nota final.