Y la inflación estaba ahí 
Hugo Rangel Vargas/ Grupo Crónicas Revista

Hugo Rangel Vargas, Economista, Politólogo, Activista Social

Por años, la política económica con la que ha sido conducido el país ha tenido como objetivo fundamental el control de una variable macro: la inflación. En el altar del control de precios se ha inmolado el crecimiento económico y los salarios de los trabajadores mexicanos para invocar a la deidad de la estabilidad inflacionaria que permitiría, a decir de sus adoradores, proveer de un entorno de certidumbre a las inversiones mismas que derivarían en un mayor nivel de ingresos para la economía.
Pero ninguno de nuestros sacrificios y de nuestras ofrendas ha servido. Los sumos sacerdotes del Banco de México y de la Secretaría de Hacienda que le han quemado incienso y le han elevado plegarias ad nauseam en sendas declaraciones, documentos de trabajo, reformas legales y administrativas y discursos que le justifican; no han logrado calmar la furia de esta omnipotencia llamada inflación y su cólera nos ha impuesto el crecimiento más alto del Índice Nacional de Precios al Consumidor en los últimos 17 años.
En medio de la ociosidad de toda la verborrea que por años ha defendido la continuidad de las medidas de política pública, el peso más doloroso ha recaído sobre la clase trabajadora del país. Y es que, a los bajísimos salarios, que forman parte de la estrategia de contención a la inflación; ahora el bolsillo de los más desprotegidos es abatido por un mayor costo de vida. Así lo dice el incremento en el índice de precios de la canasta básica que, a decir del INEGI, ha sido estimulado por el alza del costo de mercancías elementales para los mexicanos como la leche, la calabacita, el jitomate y el huevo.
La obcecación de quienes diseñan la política económica nacional cierra los ojos frente a la lacerante realidad de los millones de mexicanos que tienen condiciones laborales precarias. Ahí se encuentran la creciente cantidad de trabajadores que, según cifras oficiales, viven con menos de dos salarios mínimos. Este dato ha pasado de 14.8 millones de trabajadores en 2008 a 21.7 en el 2016, siendo este sector de la población el más vulnerable por el crecimiento de los precios de los bienes básicos, puesto que un elevadísimo porcentaje de su gasto está destinado al consumo de estas mercancías.
Y es que aun cuando quiera decirse que el control de los precios que se había logrado en años anteriores habría impactado en la generación de los casi 200 mil empleos que anunció el presidente Enrique Peña Nieto en noviembre pasado, según un estudio del Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico, de la totalidad de nuevas fuentes de trabajo generadas en 2017, alrededor del 15 por ciento tienen como rango de percepciones un salario mínimo y los que ganan entre 2 y 3 salarios mínimos apenas significan el 3 por ciento.
Como justificación al coletazo inflacionario del año pasado, los sacerdotes de la política económica han deslizado la idea del impacto del tipo de cambio sobre el nivel de precios interno. Sin embargo, esta situación sólo es entendible a la luz de la propia política económica que ha dejado al país a merced de los vaivenes del mercado externo, provocando una alta dependencia de la importación de bienes de consumo básico, con la consecuente vulnerabilidad de los costos de estas mercancías que dependen de estándares internacionales.
Quizá sea tiempo que la economía nacional rompa el velo del altar inflacionario, que arroje por la puerta de atrás a todos los falsos ídolos, que deje de rendir pleitesía y reverencia a profetas impostores y de que se trace una ruta distinta que nos conduzca al desarrollo económico. Los verdaderos iluminados, los redentores del país, los mesías de la economía; son quienes han llevado a México a este magro desempeño económico sin tolerar ni un ápice de cuestionamiento a los dogmas dictados por tesis académicas aprendidas en el extranjero.