INCERTIDUMBRE   POLÍTICA  EN  ALEMANIA 

Por Eduardo Moyano Estrada /Grupo Crónicas Revista

Eduardo Moyano Estrada es Profesor de Investigación (catedrático) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el área de Ciencias Sociales. Sus trabajos de investigación versan sobre acción colectiva y articulación de intereses en el sector agroalimentario, y gobernanza y desarrollo en las áreas rurales.

Siempre se pone a Alemania como ejemplo por su estabilidad política en los últimos sesenta años. A sus dos grandes partidos: la CDU democristiana (con su socio bávaro CSU) y el SPD socialdemócrata, se les considera un modelo de formaciones políticas que anteponen los intereses generales a los particulares de sus respectivas militancias. La trágica historia de la República de Weimar en el periodo de entreguerras tiene mucho que ver en esto.

Son partidos denominados institucionales por el hecho de haber contribuido de forma alternativa a regir los destinos políticos de Alemania desde 1949, asumiendo responsabilidades de gobierno, tanto a nivel federal como regional (Länder).

Ya sea en solitario al disponer de mayoría parlamentaria o en coalición con partidos más pequeños (liberales, verdes…), tanto la CDU/CSU como el SPD han presidido los gobiernos en estos casi sesenta años ininterrumpidos de democracia en Alemania. Cuando esas pequeñas coaliciones no han sido factibles, los dos grandes partidos no han dudado en superar sus diferencias ideológicas y formar un pacto de gobierno entre ellos, dando lugar a lo que se denomina “gran coalición” (Groβe Koalition).

Eso ocurrió en los años sesenta en el gobierno de gran coalición CDU y SPD presidido por el democristiano Kurt G. Kiesinger (1966-69) (con el socialdemócrata Willy Brandt de vicecanciller). Fue un gobierno de coalición en el que una CDU en crisis y debilitada, encontró el apoyo de un SPD en alza, que utilizó precisamente ese pacto de gobierno para adquirir visibilidad tras quince años de gobiernos democristianos (los cinco gobiernos del canciller Adenauer y los dos de Erhard). Más recientemente se han formado gobiernos de gran coalición presididos por la democristiana Angela Merkel (2005-2009 y 2013-2017).

Llama la atención que, en esas tres experiencias, los socialdemócratas del SPD nunca han presidido el gobierno, sino que han sido el socio menor de la coalición, con lo que eso significaba de tener menos protagonismo y de ser el partido que mayor renuncia hacía de su programa político.

A diferencia del citado cogobierno Kiesinger-Brandt (excepcional por la forma en que se constituyó, tras la dimisión de Erhard, y por la controvertida figura del canciller Kiesinger, con un turbio pasado de militancia en el partido nazi), el SPD no ha salido satisfecho de su participación en las dos grandes coaliciones con Angela Merkel, al ver como pagaba por ello un elevado coste electoral. Ello explica las dudas en el seno del SPD de participar en una nueva gran coalición, y el intenso debate abierto dentro del partido.

Una gran coalición incierta 

Estas dudas y divisiones se han reflejado en lo ajustado de la votación del congreso extraordinario del partido socialdemócrata reunido el pasado 21 de enero en Bonn (362 delegados a favor de participar en una nueva coalición con la CDU/CSU y 279 en contra). Lo acordado en ese congreso es sólo abrir negociaciones con la CDU/CSU para elaborar un programa de gobierno de coalición que tendrá que ser aprobado dentro de unas semanas por los 450.000 afiliados del SPD en votación directa.

Dada la igualdad manifestada entre los partidarios y los opositores en el citado congreso extraordinario en el que sólo votaban delegados, se prevé unos debates intensos de cara a la próxima votación en la que será la militancia la que decida. Los pronósticos son inciertos, dada la fuerte división interna en el SPD y la alta movilización de las juventudes socialdemócratas (los llamados “jusos”) con su líder Kevin Kühnert muy activo en la campaña contra la formación de una nueva gran coalición con la CDU de Angela Merkel y la CSU bávara.

El cambio de posición del líder del SPD Martin Schulz no ha ayudado a cohesionar a las bases socialdemócratas, sino todo lo contrario. Tras anunciar de manera imprudente la noche de la derrota electoral del SPD del pasado septiembre que no habría pacto de gobierno con los democristianos, Schulz se ha manifestado favorable a la gran coalición por razones institucionales al ver fracasar a Merkel en la formación de un gobierno “jamaica” (por el color negro de los democristianos, el verde de los ecologistas y el amarillo de los liberales). Este cambio de posición le ha restado credibilidad a su liderazgo dentro del partido.

Las dudas del SPD en participar por tercera vez en una gran coalición con la CDU/CSU presidida por Angela Merkel, radican en el escaso rédito electoral que, como he señalado, los socialdemócratas han obtenido de las dos últimas experiencias, cosechando en las elecciones de 2017 el peor resultado de su historia.

Algunos dirigentes señalan, no obstante, que ese mal resultado no puede ser atribuido al escaso protagonismo del SPD en el gobierno de coalición, sino a la propia crisis de la socialdemocracia europea, que afecta a muchos partidos de esa ideología política (en Francia, en España, en Reino Unido, en Austria,…) y que les están incapacitando para presentar soluciones creíbles a los grandes retos de la sociedad actual.

Para los dirigentes favorables a la gran coalición, la consecuencia de no participar en ella es, ante la más que probable repetición de las elecciones, seguir cayendo en apoyo electoral hasta niveles aún más bajos al 20% de los últimos comicios. Por el contrario, los que se oponen a repetir una gran coalición presidida por Angela Merkel consideran que el SPD sólo podrá recuperarse volviendo a la oposición para reconstruir su discurso y estrategia.

Sólo un programa de gobierno en el que el SPD pueda introducir medidas de corte social (como el aumento del gasto público para salir de las políticas de austeridad o el incremento del gasto en educación o suavizar la política de asilo y acogida) y en el que se visualice una apuesta clara y firme por la integración europea reactivando la cooperación con la Francia de Macron, podría ser lo suficientemente atractivo como para que la militancia se incline a favor de la gran coalición en la votación de dentro de unas semanas.

Una gran coalición de alto riesgo

En todo caso, no son pocos los riesgos de constituir una gran coalición en una situación en la que los dos grandes partidos están debilitados y sólo agregan algo más de la mitad de los escaños del Bundestag (399 de diputados de un total de 709), cuando en ocasiones anteriores han sumado en torno a los dos tercios de la cámara.

Esta vez se produce además la circunstancia de que el primer partido de la oposición a la gran coalición sería un partido de extrema derecha como el AfD (que tiene 94 diputados y ha obtenido casi 6 millones de votos en las pasadas elecciones). Ello, además de añadir un importante factor de obstruccionismo parlamentario, es una amenaza para el caso de que el gobierno de coalición CDU/CSU y SPD no tenga éxito a la hora del cumplimiento de su programa de gobierno.

Sin embargo, la alternativa a una gran coalición es o un gobierno en minoría de Merkel (o de otro dirigente democristiano), algo que no está en la tradición política alemana (de hecho, nunca en la historia de la Alemania moderna ha gobernado un partido en minoría), o repetición de las elecciones. Repetir las elecciones se ve como una opción de alto riesgo, dado que el electorado podría castigar a los dos grandes partidos por no haber sabido alcanzar un acuerdo de gobierno, propiciando el ascenso del derechista AfD.

Se abre un periodo de incertidumbre política en Alemania, y para Europa, que no sólo durará las semanas que quedan hasta que las bases del SPD voten sobre la gran coalición, sino que continuará después. Si votan en contra, se acrecentará la incertidumbre por el imprevisible panorama que se abriría con la convocatoria de nuevas elecciones, y si votan a favor, continuará la incertidumbre por el escenario fragmentado y de inestabilidad en que deberá desenvolverse la tercera gran coalición entre democristianos y socialdemócratas.

Coda

Introducir sistemas de democracia participativa puede parecer una vía útil para implicar a la militancia en el funcionamiento interno de los partidos políticos, como ocurre con la elección de los dirigentes mediante primarias. Pero incluir esa dinámica en partidos que se mueven en escenarios de democracia representativa, tiene sus riesgos. Por ejemplo, extender la participación directa en decisiones como las de estrategia política (pactos de gobierno), provoca disonancias y disrupciones internas. El SPD se enfrenta ahora al hecho de que su militancia es la que decidirá sobre participar o no en la gran coalición, lo que acentuará las diferencias y hará aumentar la polarización dentro del partido ¿Es eso positivo? Veremos