Privilegios de Sísifo: José Emilio Pacheco
Por Sergio J. Monreal / Grupo Crónicas Revista 

Sergio J. Monreal. Escritor radicado en Morelia. Autor de poesía, cuento, novela, dramaturgia y ensayo.

Mi único tema es lo que ya no está. 
Sólo parezco hablar de lo perdido. 
Mi punzante estribillo es nunca más. 
Y sin embargo amo este cambio perpetuo… […][1]
Parece como si José Emilio Pacheco no se cansara nunca de reiterar que iremos y no volveremos, que estamos viviéndolo todo por última vez.
Sin embargo, él cultivó hasta el final de su vida el hábito de volver.
Es sabido que cada reedición de un libro suyo llevaba de por medio un trabajo de revisión y corrección que siempre reivindicó plenamente lícito, deseable, necesario. ¿No se trata de una curiosa paradoja? ¿No se trata de un guiño de complicidad hacia el lector, una sutil invitación a no tomarse ninguna cosa demasiado al pie de la letra, una sostenida capacidad para escabullirse lo mismo de las petrificaciones de ida que de las petrificaciones de vuelta?
Un poeta que casi desde el primer verso de su obra se empecina en delinear con acentos de verdad incontrovertible la fugacidad del instante, la irrecuperabilidad de la experiencia, la irreparable pérdida de lo vivido, se habitúa no obstante a contravenir sin aspavientos y en tono de tímida disculpa dicha disposición desde el espacio que le es más propio e íntimo: el de su propia escritura. Y vuelve a trabajar tanto sus materiales de juventud como sus materiales de madurez concediéndose toda suerte de enmiendas, ajustes, modificaciones, tachaduras y añadidos; siempre provisionales, siempre bajo aceptación de no ser los definitivos, sino apenas una estación más dentro de una serie de retornos potencialmente infinitos. “Reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección”[2] aseveraba hacia el año 2000 el pórtico de su poesía reunida, en una breve nota preliminar que la edición del 2009 terminaría omitiendo. Desde semejante perspectiva, la fórmula de la imposibilidad radical en que escribir se justifica, tendría que redactarse menos como un devastado “irás y no volverás” que como un azorado y medio sonriente “irás y no llegarás”.
Ese ir con la aceptación plena de que no habrá meta conquistada, puerto definitivo, satisfactorio fin de travesía, lejos de encararse con talante de trágico acatamiento o resignación amarga, se eleva a razón misma de ser de la empresa:
Sólo existe la lucha por recobrar lo perdido
 Y encontrado y perdido una vez y otra vez 
Y ahora en condiciones que parecen adversas. 
Pero quizá no hay ganancia ni pérdida: 
Para nosotros sólo existe el intento. [3]
Estos versos de Cuatro cuartetos de Eliot, traducidos por el propio Pacheco y convertidos en epígrafe general del compendio Tarde o temprano (primera edición de 1980), constituyen una lúcida y completa delimitación de coordenadas no sólo para su producción lírica, sino para el conjunto de su obra. Frente a la pérdida como norma aparente de lo real, la tarea del escritor consistiría en procurar contravenirla, en afanarse por recuperar lo que sabe perdido, sin ufanarse demasiado por el valor de su misión, pero sin permitir tampoco que los parciales éxitos y fracasos de sus tentativas devalúen o demeriten la tarea que ha elegido, que lo ha elegido, en que se ha elegido.
Cierto, a final de cuentas todo quedará en eso: aproximaciones parciales, tentativas inacabadas. Pero necesarias. Lo nuestro es el intento.
“Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena”[4] postula Jorge Luis Borges con una convicción que (entre las muchas convicciones e influencias borgianas presentes en su obra) Pacheco suscribirá a lo largo de los años, línea a línea y libro a libro. La seriedad y la dignidad de la encomienda no le hacen perder jamás de vista la evidencia palmaria de que nada regresa, de que todo se pierde. Pero la evidencia palmaria de que todo se pierde, de que nada regresa, de ninguna manera lo excusa de asumir con la dignidad y la seriedad que corresponden esa esencial encomienda de todo poeta, de todo escritor: esa esencial encomienda que da sentido a la existencia misma de la literatura:
No dejamos que el vaho se evapore sin algo de nosotros.[5]
Sin embargo, el hábito de José Emilio de volver una y otra vez a los textos ya publicados para realizar correcciones, adquiere alcances y pertinencias más amplios. De entrada pasa a inhabilitar una de las estrategias predilectas de cierta crítica literaria, acostumbrada a mirar las obras como refractarias a sí misma, y capacitada apenas para encontrar en cada nuevo libro cuanto remita a los parámetros de cualificación, cuantificación, calificación y clasificación que ella ha previamente establecido. La idea de evolución, así como el afán de explicar la escritura a través de la biografía del escritor con una lineal lógica de causa-efecto, constituyen dos de sus predilectos recursos: conjeturar desde doctas petrificaciones lo que el escritor habrá querido decir, para desembarazarse de la incómoda responsabilidad de dialogar con lo que la obra dice.
Y no que resulte ilícito rastrear las peculiares, individualísimas instancias de maduración de cada travesía creadora como medular vía para desentrañarla. Ni que resulte minimizable o falta de pertinencia la relación entre lo que se escribió y lo que se vivió. Todo lo contrario. Lo que sucede es que, a poco que nos descuidemos, esas fecundas vías de diálogo pasan a erigirse tasadoras y jueces. Ya no camino o herramienta a través de los cuales podemos asomarnos a lo que el poeta mira y dice, sino marcos prefigurados a los que tanto la obra como la experiencia de vida y de lectura quedan circunscritas.
Frente al corpus de José Emilio Pacheco, acaso no resulte imposible emprender un convencional esfuerzo de rastreo y clasificación. Un exhaustivo seguimiento editorial, que se afane en datar y referir paso a paso no sólo las específicas mutaciones de cada texto, sino que además vaya remitiéndolas una a una, con perspectiva de totalidad, al conjunto de la obra, hasta aproximarse a ese término tan mitificado como a fin de cuentas improbable (y quién sabe hasta qué punto deseable): la “lectura definitiva”.
El problema es que, tratándose de Pacheco, la definitividad como imposible (la condena a la provisionalidad) no representa un mero motivo de devaneo retórico ni un mero pretexto para versificar sentencias ingeniosas, sino la condición fundamental misma de lo escrito y de quien lo escribe, así como una realidad compartida que se ilumina y ofrece para el lector en cómplice demanda.
Hace algunos años, no pudo menos que llamarme a curiosidad el entusiasmo mi amigo Rafael Calderón relataba el hecho de que, a punto de morir, el escritor hubiera estado trabajando en su traducción de Cuatro cuartetos, de cara a una versión que había anunciado definitiva. Por principio de cuentas, me era difícil imaginar a Pacheco declarando (ya no digamos anunciando) que alguna versión de la realidad pudiera tomarse como definitiva; menos aun tratándose de una versión salida de su propia mano. Pero por otra parte resultaba cómico y paradójico que Rafael celebrara como definitiva una versión sólo por el hecho de tomarla como la última, cuando minutos antes él mismo acababa de denostar las sucesivas correcciones aplicadas a El reposo del fuego (1966), manifestando que a su juicio la versión original era insuperable; y sobre todo cuando semejante juicio no quedaría circunscrito a su persona, puesto que en base a él había decidido incluir aquella versión del poema como parte de una antología que se publicó al poco tiempo en Morelia.
Cualquiera puede toparse, explorando la numerosa bibliografía crítica a que los libros y la persona de José Emilio Pacheco han dado lugar, análisis que —por lo habitual de manera velada— disculpan y minimizan su empecinamiento por revisiones y enmiendas como una suerte de entretenimiento estéril; para tales comentaristas, el texto quedaría fijado de una vez y para siempre según su primera versión publicada, de modo que las sucesivas correcciones efectuadas por el autor no sólo no alterarían la identidad originalmente establecida, sino que tampoco agregarían ningún aporte complementario de relevancia. Sólo que la institucionalización del origen como punto de referencia inamovible, olvida que la primera versión que se publica no es a final de cuentas sino la última versión corregida hasta entonces. ¿Por qué el hecho de que los escritores hayan elegido de manera mayoritaria convertir ésa en su versión de abandono (“los textos no se terminan, se abandonan” rezan a dúo en una célebre sentencia Paul Valéry y Alfonso Reyes) ha de erigirse norma obligatoria, persecutoria herramienta de censor o rasero valorativo a partir del cual las excepciones pasan a tipificarse en automático como curiosidad, devaneo o extravagancia?
En el extremo opuesto tenemos una institucionalización a la vez divergente, convergente y paralela: la del resultado final, asociada a la idea de evolución y progreso. Según ella, cada nueva versión superará siempre a la anterior; porque ante el tiempo los autores grandes (y tal sería la definitoria tasa de su grandeza) sólo pueden avanzar, evolucionar, madurar, mejorar. Cada libro corregido por Pacheco nos ofrecería sin disputas una depuración que supera a la previa, y poner en duda esa inercia ascendente significaría cuestionar su valía misma como escritor. La novedad como sinónimo de triunfo incuestionable, ante el cual los textos previos quedan reducidos al estatus de antecedentes con fecha de caducidad. La muerte de José Emilio, en tantos sentidos lamentable, nos dejaría siquiera el consuelo de poder identificar, sin enmiendas a futuro, cada última versión de cada texto como la definitiva y la mejor.
No obstante, tampoco parece que esta última perspectiva, amparada en triunfadoras certidumbres de infalibilidad, resulte la más apropiada para aproximarse al trabajo de un autor tan sensible al deterioro y a la pérdida, tan ajeno y aun contrario a la idea de progreso, tan escéptico (desde su irredenta esperanza) cuando se trata de contrastar presente y pasado, tan consagrado a detallar la cuenta de los prodigios del ayer distorsionados y pervertidos por el ahora, tan manifiestamente pesimista a la hora de referirse al futuro.
Algún consuelo podrá deparar a los devotos de las jerarquías remitirse a las más tempranas versiones de los más tempranos materiales publicados por Pacheco. Ahí, en los primeros versos extirpados de un polvoriento periódico, en las líneas de un cuento aparecido en una revista y donde aún alcanzan a distinguirse convencionales deficiencias de hechura, tímidos balbuceos de lo que al cabo maduraría oficio cabal, es posible hallar amparo en mayores o menores dominios técnicos y temáticos alcanzados, para deslindar la mayor o menor valía de un texto.
¿Pero qué pasa cuando nos topamos con la primera versión publicada de un libro cuyo autor se muestra ya plenamente consolidado y maduro (en la fugaz y siempre inestable medida que consolidación y madurez nos son dables)? ¿Era mejor poeta el José Emilio Pacheco que corrigió por décima vez Los trabajos del mar, respecto del que lo cedió por vez primera a la imprenta con cuarenta y cuatro años?
Lejos mi intención de sugerir que la maduración del oficio y la experiencia de vida acumulada resultan irrelevantes para ahondar las intuiciones y afinar la tesitura del poeta, pero considero necesario precavernos del automatismo con que tendemos a validar como fatales e incontrovertibles los sobreentendidos asociados a su inercia. Máxime frente a la abundancia de ejemplos respetables, donde las fecundas entrevisiones de juventud se abandonan y traicionan justo por el peso de oficios petrificados, así como de vidas que acumulan la experiencia como lastre.
Nos aterra el silencio poético de Rimbaud tras el fulgurante relámpago de su prodigiosa e inmortal infancia. Más debía aterrarnos la verosímil hipótesis de un mediocre libro de versos pergeñado desde el fondo de su exilio por el oscuro mercader en que eligió (o fue elegido) convertirse.
Personalmente, cada vez que me aplico a seguirle la pista a un específico itinerario de versiones y correcciones por parte de Pacheco, no puedo menos que comprender, admirar y aplaudir sus elecciones, aun cuando no todas las comparta, aun cuando no se trate exactamente de las mías. Constituye toda una escuela de escritura, un taller abierto donde puedes ahorrarte los distractores consustanciales al amor propio, por desgracia tan difíciles de sortear en las escuelas y talleres propiamente dichos. Cuando ha entendido y ha asumido (sin fecha de caducidad por agotamiento o complacencia) las más elementales reglas del oficio, no existe crítico más implacable de una obra que su propio artífice. Más implacable, sí, y también más generoso. La auténtica generosidad crítica no tiene por destinatario final a quien escribe, sino a cuantas fecundas intuiciones sean capaces de atisbar sus palabras.
Por fortuna, más allá de las inerciales petrificaciones institucionalizadas, podemos seguir contando con el lector erudito que, en medio del tumulto de versiones convertidas en originales por la publicación (pero que no lo son jamás en estrictos términos de escritura), de versiones infatigable y sucesivamente corregidas después de publicadas, y de versiones que sólo el deceso del escritor pudo fijar como finales, realiza su propia selección personal, eligiendo la primera versión de aquel poema, la quinta versión de este otro, la penúltima versión del cuento de más acá. Y al lado suyo, hombro con hombro, tenemos también al lector no erudito, que ingresa recién en la obra de José Emilio, o sigue transitando gozosamente por ella luego de muchos años, despreocupado de cuál es la versión que acaba de llegar a sus manos, pero a quien nadie tendrá derecho de venir a decirle que está leyendo la versión equivocada.
Y por supuesto, en medio de este móvil diálogo de fugacidades, tenemos al propio José Emilio, entreabriendo generosamente para nosotros su taller de escritor, permitiéndonos asomarnos —si así lo queremos— al rastro de sus elecciones, compartiéndolas o no, contrastándolas con las nuestras (las que hubiéramos hecho, las que nos hubiera gustado que hiciera, las que hubiéramos agradecido que se ahorrara). Pero sobre todo, remitiéndonos a esenciales potestades y complicidades, establecidas desde siempre entre todo aquel que escribe (corrija o no después de publicar) y todo aquel que lo lee: la eternidad irrepetible —la irrepetibilidad eterna— que es leer, que es mirar, que es vivir. Cada lectura, cada mirada, cada vivencia, es única, irrepetible, nueva. Y sin embargo se vale repetir, corregir, enmendar. Se vale volver. Otros siempre. Y sin embargo, siempre también los mismos.
[1]Pacheco, José Emilio. Contraelegía. De Irás y no volverás. En Tarde o temprano [poemas 1958-2009]. Fondo de Cultura Económica. México, 2009. 4a edición.
[2]Pacheco, José Emilio.Tarde o temprano… 2000. 3era edición.
[3] Ídem.
[4]Borges, Jorge Luis. Fragmentos de un evangelio apócrifo. De Elogio de la sombra. En Obra poética. Emecé. Colombia, 1998.
[5]Pacheco, José Emilio. Vaho. De La arena errante. En Tarde o temprano… [De aquí en adelante, 2009]