Una autobiografía mundialista.

Por Sergio J. Monreal / Grupo Crónicas Revista 

Sergio J. Monreal. Escritor radicado en Morelia. Autor de poesía, cuento, novela, dramaturgia y ensayo.

Nací justo un año después del partido del siglo. El 17 de junio de 1971 se cumplía el primer aniversario de aquel épico, estrambótico encuentro de semifinales, disputado entre Italia y Alemania en el Estadio Azteca, y que alcanzó inmortal memoria eternizado por la imagen de Franz Beckenbauer con el brazo en cabestrillo. Me gusta pensar que algo de augural oráculo hubo de por medio en la coincidencia, predisponiéndome ya desde ahí a la devoción futbolera que hasta hoy sigo cultivando y ejerciendo.
Durante el Mundial de Alemania 1974 era yo demasiado pequeño para que la efeméride dejara algún tipo de huella en mí, como no fuese un bello futbolín dispuesto junto a mi zapato la madrugada de algún posterior Día de Reyes, y cuyos jugadores vestían respectivamente los colores de la Naranja holandesa y la Mannschaft germana.
En 1978, a mis siete años, vivía en un edificio repleto de argentinos a los que la dictadura de Videla había orillado al exilio, que entendían el Mundial de ese año como grotesca estratagema política y publicitaria de la junta militar, y que por tanto se mantuvieron indiferentes a las incidencias del torneo en general, y a los progresos específicos (fueran a la buena o a la mala) de la albiceleste dirigida por César Luis Menotti. La única excepción, curiosamente, la aportaba el espigado marido de una de nuestras vecinas sudamericanas, que aunque yugoslavo era quien más pinta de argentino tenía, y cuyos estentóreos gritos de gol estremecieron el edificio aquel día en que Mario Kempes y un poste le concedieron a los anfitriones su primera Copa del Mundo.
Recuerdo el álbum conmemorativo que mi papá compró, y que no terminamos nunca de llenar; la estampa que más veces nos salió repetida fue la de la estrella peruana Teófilo Cubillas. Recuerdo unas enormes calcomanías que pegamos en la puerta de la recámara, y que luego ya no hubo modo de remover; como salían no sé en qué producto, sin opción de escogerlas, una era de Túnez, otra de Hungría, otra de Escocia, y otra de Gauchito (la mascota del campeonato). Recuerdo lo extraña que me pareció la playera de la selección mexicana el día de su primer papelón, justo ante Túnez. Recuerdo como entre brumas los otros dos papelones, ante polacos y alemanes. Recuerdo un juego de mesa lanzado por Coca-Cola, que se jugaba con corcholatas, y que hacía nuestras delicias cuando me reunía con mis primos. Recuerdo el cabello al viento de Dirceu cuando Brasil, único cuadro invicto de la competición, le ganó Italia el juego por el tercer lugar; en ese Mundial nació mi eterno (si bien no acrítico, ni exento de vicisitudes) amor por Brasil. Pero la verdad es que a esa edad todavía me costaba aguantar completos frente a la televisión los noventa minutos de un partido; el día de la final, a la hora de los tiempos extras (con mi vecino yugoslavo desgañitándose de felicidad desde el departamento cinco) yo deambulaba solitario por el patio del edificio, pedaleando mi siempre fiel triciclo Apache.
El Mundial de España 1982 fue sin duda el primero que viví ya a plenitud. Guardo con especial nitidez en el recuerdo numerosos pasajes de la segunda ronda, vivida en su inmensa mayoría hombro a hombro junto a mi papá. Por algún peculiar azar, el episodio más significativo lo afronté no obstante sin él, a solas; convertido (sí, no estoy exagerando) en un mar de lágrimas. El Brasil más hermoso que jamás me haya tocado ver, el de (y hay que ponerse de pie para recordar esa galería de nombres inolvidables) Zico, Sócrates, Falcao, Eder, Junior, Toninho Cerezo, acababa de ser eliminado por la azzurra de Paolo Rossi, a la postre campeona. Y yo, muchos años antes de conocer a Esquilo, a Shakespeare y a García Lorca, estaba descubriendo y entendiendo por vez primera en toda su amplitud de qué sutiles, elevados e implacables designios está hecha la tragedia.
La anécdota más bonita del Mundial México 1986 no es mía, sino de la abuela de mi mejor amigo, que casi se desmaya el día que vio pasar, ahí nada más afuera de su negocio frente a la Plaza de San Francisco, al mismísimo Franz Beckenbauer, a la sazón entrenador de la escuadra teutona. Faltaban pocos días para el inicio del torneo, y Alemania había venido a prepararse a Morelia, disputando incluso un amistoso con los míticos, sufridísimos e inolvidables Canarios de la Tota, Tapia, Osorio, Roon, el Mudo, Macario. El Mundial de México fue el de mi salida de la secundaria, el de mi primer álbum personal armado con recortes de periódico, el de mis pleitos a palmada limpia con un televisor en blanco y negro (al cual se le ocurría de pronto perder la imagen durante los partidos más cruciales). Tenía roto el corazón, un cuerpo y una cara que no soportaba, y ningún amigo: esto último básicamente porque, igual que hasta hoy, era difícil aguantarme. Como cualquier adolescente mexicano promedio de aquellos días, más de una noche consagré mi febril duermevela previa al sueño, en ceremonial ofrenda para la Chiquitibum; la mano de Dios, que le llaman.
Por accidentadas razones académicas de las cuales no quiero acordarme, el Mundial de Italia 1990 coincidió, en geométrica correspondencia respecto al previo, con mi salida de la preparatoria. Pero a diferencia de mi sufrida condición monacal de cuatro años antes, a los 19 era yo todo un ejecutivo, con la agenda por demás ocupada, y el futbol transitoriamente relegado a la repisa de las debilidades vergonzosas en nombre de la Historia, el Arte, el Pensamiento, las Humanidades, la Literatura, el Teatro. Había decidido no ver un solo encuentro, por aquello de no seguir haciéndole el juego al capitalismo y a la idiotizante cultura de masas, pero el día del partido inaugural abandoné corriendo a la hora señalada mi salón de clase, y fui a unirme a la multitud que contemplaba la televisión en una tienda de aparatos electrónicos ya hace tiempo desaparecida, frente al templo de Las Monjas. Durante la definición de la primera ronda mundialista andaba haciendo yo el ridículo en el puerto de Veracruz, integrado a un foro denominado “Hacia una política cultural para los jóvenes”, que convocaba el entonces flamante Conaculta de Salinas de Gortari; mi chafísima ponencia de bachiller provinciano ni la quise leer, de pura pena luego de escuchar la de varios de los otros participantes; el mítico gol de Freddy Rincón a Alemania lo vi a hurtadillas, escapándome de una mesa de trabajo para encender a toda prisa el televisor de mi cuarto de hotel. Durante la ronda de eliminación directa andaba yo por la Ciudad de México, en un movido encuentro nacional de los Bachilleratos de Arte del INBA; el histórico partido resuelto hasta los tiempos extras, donde Camerún estuvo a nada de eliminar a Inglaterra para instalarse en semifinales, ni lo vi ni lo oí. Pero la cardiaca definición napolitana desde los once pasos, donde Maradona y Goycochea echaron a los italianos para instalarse en la final, casi me cuesta el infarto, pues me tocó seguirla en una casa donde no había televisión. Pude así dimensionar las pasiones futboleras de generaciones a las que tocó asomarse a las incidencias de las más cruciales batallas a través de las ondas de radio. Poética e ilustrativa la experiencia, pero no se lo deseo a nadie (“Baggio se perfila, disparaaaaa…” y medio minuto de espera entre el indescifrable clamor de la tribuna, para que el narrador se decidiera a aclararte si el balón había entrado o no).
Durante significativa parte del Mundial de Estados Unidos 1994 anduve de gira, como parte del elenco de una obra de teatro para niños. Cambiábamos de ciudad todos los días, y aunque iba a haber veces en que podríamos hacer coincidir determinados partidos con paradas a comer o algún asueto, la verdad es que numerosos juegos nos iban a pescar a media carretera, en quién sabe cuál rincón de la patria geografía del centro-occidente. Así que mi mejor amigo (el de la abuela y Beckenbauer) y yo, conseguimos una televisión portátil en blanco y negro, que con un cable especial podía conectarse al lado del volante de la camioneta donde nos trasladábamos. Un absoluto fiasco. La señal se iba casi todo el tiempo, sin importar los malabares que hiciéramos con la antena. Recuerdo que vimos México-Noruega en Tepatitlán, Argentina-Nigeria en Tequisquiapan, México-Irlanda en Querétaro. Por fortuna, la gira terminó antes de las semifinales. El día que aquel histórico Tricolor dirigido por Miguel Mejía Barón se jugaba el pase a la siguiente ronda frente a Italia, la hora del partido nos agarró en algún tramo carretero de San Luis Potosí; hicimos todo lo humana e inhumanamente posible para que la malhadada televisión nos brindara aunque fuera el más pálido informe a propósito de cuanto estaba sucediendo en el Memorial Stadium de Washington, hasta resignarnos con el consuelo de que, apenas llegáramos al siguiente punto habitado, la disposición de la gente revelaría por sí sola la verdad; no recuerdo cuál fue el siguiente pueblo, pero sí que al entrar en él nos acogió una fantasmal desolación, una desierta polvareda enseñoreada de las calles; “perdimos” fue la automática conclusión que brotó de nuestros labios, segundos antes de que un impresionante clamor viniera a disiparla: todos los habitantes estaban reunidos en la plaza principal, celebrando todavía el gol de Marcelino Bernal contra los italianos, que había proyectado a México hasta los octavos de final, por primera vez fuera de casa.
El Mundial de Francia 1998 posee una peculiar importancia para mí, porque fue el primero donde me atreví a escribir disciplinadamente sobre futbol, gracias al proyecto de un suplemento en un periódico local, que se planteaba seguir la competencia completa, partido a partido, antes con una perspectiva literario-cultural que estrictamente deportiva. Una nutrida plana de colaboradores, entre periodistas y escritores morelianos (fuera por cuna o por elección) nos sorteamos los juegos de la primera ronda para ir escribiendo la correspondiente crónica de cada uno, y dejamos que las deserciones por cansancio fueran haciendo lo suyo conforme el torneo avanzaba. Internet aún no establecía su a poco omnipotente imperio, y el trabajo periodístico se solventaba de cara a la página impresa, con pase todavía obligado por la sala de redacción. Así que había de dos alternativas: trasladarte hasta el periódico, ver ahí mismo (en una televisión instalada ex profeso) el partido que te tocaba, y luego redactar tu crónica en una de sus computadoras; o escribir en tu casa, y luego trasladarte con tu crónica guardada en un disquete de 3½ para que la bajaran los siempre atareados responsables de captura, diagramación y diseño. Dado que vivía yo a cinco minutos caminando de las instalaciones del diario, opté invariablemente por la segunda opción. Y escribí mucho. Y aprendí más. Y me divertí como enano, mientras a la vuelta de la esquina el siglo, el país, la existencia y el mundo, tal y como yo los había conocido, se aprestaban a desaparecer para siempre.
Al arribar el año 2002, el universo entero, y hasta el inminente Mundial de Futbol (a realizarse por vez primera en sede compartida, del otro lado del planeta) estaban de cabeza. Demasiadas cosas venidas abajo durante un lapso de tiempo demasiado breve, así en la tierra como en el cielo, así en la situación mundial como en la vida personal, así en la cabeza como en la historia, así en el corazón como en la patria. Al iniciarse el año humeaban todavía en la retina de todos los inquietantes sobreentendidos globales (aún hoy vigentes) del ataque contra las Torres Gemelas, hasta los más cándidos entusiastas del año 2000 habían podido ya darse sobrada cuenta de qué y quién era en realidad Vicente Fox, y yo a título privado no tenía la menor idea de cómo iba a ser mi vida de ahí en adelante. No sabía ni siquiera si iba a poder ver el Mundial, puesto que los partidos en Corea y Japón serían de madrugada para el horario mexicano, y puesto que harían su debut las transmisiones mayoritarias acaparadas por la televisión restringida. Pero tengo una hermana capaz de echarse sobre la espalda los más peliagudos saldos de derrumbe, las más amenazadoras inminencias de naufragio, con fortaleza, habilidad, paciencia, esmero y necedad dignos de Florence Nightingale. Compró una televisión nueva, contrató un pertinente sistema de cable, improvisó una cama para mí en su departamento. Resultó una experiencia de reconfiguración integral medio alucinante: nos acostábamos a dormir a las diez de la noche, nos levantábamos a ver el juego de la una de la mañana, tomábamos una variable siesta complementaria según el siguiente partido fuera a las cuatro o a las seis. Mi sobrina de ni siquiera tres años roncaba a nuestro lado hecha un ovillo. Y luego yo me iba a dar clases con las ojeras más varonilmente seductoras que se hubieran visto desde que Germán Robles se convirtió en el vampiro oficial del cine mexicano. Y aunque el Mundial de Corea-Japón fue más bien malo, para cuando Brasil alzó la copa gracias a una grosera pifia de Oliver Kahn, la cabeza, el corazón y el horizonte se habían puesto otra vez al derecho, y el tren comenzaba a avanzar otra vez sobre la vía. Me casaría en menos de un año.
El Mundial de Alemania 2006 lo viví con los brazos ocupados, y ha sido sin duda el que más me ha exigido en materia de mimetismo a distancia con los jugadores que saltan al campo de juego en busca de su correspondiente y harto diversa porción de gloria. Porque había que gambetear de un lado a otro de la estancia con un ojo en la pantalla de la televisión, y el otro atento a los diminutos párpados que a lo mejor por fin habían condescendido a cerrarse. Y había que no perder de vista el avance de la estrella en turno, se apellidara Henry, Villa, Kaká o Rooney, mientras atajabas con el dorso de la mano la temperatura de la leche en el biberón. Y había que parar bien la oreja para saber si había sido o no falta, mientras lidiabas con un pañal. Y había que gritar los goles como con sordina, para no despertarlo. Y había que asumir que en determinados momentos, acurrucado contra tu pecho, te iba a robar la más idiota y enternecida mirada de devoción paterna, por más que enfrente estuviera viviendo el juego sus momentos cumbre. El día del crucial encuentro entre México y Argentina, estaba de visita en casa mi suegro, que había venido desde la Ciudad de México para darle el visto bueno al flamante nieto con tres meses de nacido. Mi hermana (mi Florence Nightingale), que durante los partidos tensos ha prodigado siempre un vocabulario como para ruborizar a cualquier machetero de la central de abastos, se las vio negras para contenerse y mantener la compostura aquella tarde (del “¡eres un pendejo!” al “qué tonto se vio”).
El de Sudáfrica en 2010 fue el Mundial del centenario y del bicentenario. Llevaba meses trabajando como parte del equipo de guionistas de una serie de doce capítulos, producida por la televisión estatal, en torno a la Independencia y la Revolución. Nos acercábamos a la fecha de estreno a marchas forzadas, y la llegada de la Copa del Mundo me sorprendió con el sueño, el ensueño y la vigilia completamente arrebatados por los insurgentes de 1810 y la bola de 1910. Leía con la compulsión de un tesista atrasado en vísperas de su examen recepcional. Me desvelaba dos días sí, y los otros tres también, hasta las últimas horas de la madrugada, proponiendo, debatiendo, divagando. Lo más sensato hubiera sido no pensar siquiera en escribir además sobre futbol, pero escribí, y escribí mucho, incorporado a un proyecto que medio resucitaba en formato virtual la idea aquella de 1998. Y en el recuerdo, la verdad dan en agrupárseme de pronto y hasta cierto sacrílego punto Andrés Iniesta y Francisco Javier Mina, Felipe Ángeles y Andrea Pirlo, Diego Forlán y Vicente Guerrero, Rafael Buelna y Franck Ribery, como parte de la misma cabalgata, de la misma enloquecida escaramuza, de la misma dolorosa y recurrente derrota, de la misma irredenta esperanza.
Brasil 2014 me restituyó con bastante menos vorágine de por medio la posibilidad de ir acompañando palmo a palmo desde mi escritura el devenir del torneo. Varios veteranos supervivientes del suplemento cultural-futbolero del 98 se impusieron ahora sí la tarea de resucitar la idea original con todas las de la ley, aunque sin ningún género de restricciones de espacio, dadas las bondades acumulativas del universo virtual. Pero me resulta difícil hablar de la experiencia. Demasiado próximo todo todavía, como para consignarlo con equivalentes ensalmos de épica, comedia o tragedia a los que me admiten otras ediciones. Llega una edad donde uno empieza a recordar con mayor claridad justo aquello que va quedando más lejano.
Sin embargo, entiendo que a su turno el Mundial de Rusia 2018 quedará necesariamente enmarcado para mí en el proceso de sucesión presidencial que llevó al triunfo a Andrés Manuel López Obrador, luego de dos previas intentonas fallidas. Y no sólo por los azares calendáricos que así lo dispusieron, provocando por ejemplo que la eliminación del seleccionado nacional frente a Brasil (sin superar el ya atávico estigma del quinto partido) ocurriera a muy pocas horas de la declaratoria oficial de tendencia irreversible a favor del tabasqueño. También, y por encima de todo, en razón de mi propia elección: la elección de sustraerme a las al parecer obligatorias urgencias declarativas de la vorágine pre-electoral, electoral y post-electoral. Me gusta ver futbol; me gusta escribir sobre futbol. Y este año (aprovechando las inéditas posibilidades que la web ofrece para soltar cual mensaje en botella mis crónicas y mis divagaciones, con la ilusionada esperanza de que alguien se anime a leerlas), me atreví a aventurarme en solitario y por puro amor al arte en el acompañamiento integral de la Copa: tratar de reseñar todos los partidos, o la mayor cantidad de ellos que fuera posible, deslizando además entre uno y otro, a manera de complemento, apuntes misceláneos como este que ahora estoy cerca de concluir. ¿Retos disciplinarios que depuran el oficio? ¿Gratuitas exigencias auto-impuestas, que adquieren sui generis modalidades de rigurosa seriedad al materializarse espacio y tiempo frente a la pantalla de la computadora? ¿Juegos que han de respetar hasta su término las arbitrarias pero el cabo estrictas reglas que les dieron forma? Sí, todo eso. Pero, por encima de todo, una estrategia de mediación, un salvoconducto de distancia, un atajo medio kamikaze hacia el afán de lucidez. Yo recordaré mañana, dentro de seis meses, dentro de cuatro años, dentro de un sexenio, que justo durante aquellas semanas en que escribir sobre las elecciones presidenciales (se tratara de un meme o de un artículo) parecía quién sabe si un imperativo cívico, una responsabilidad moral, o el vistoso modelo de temporada para el frívolo desfile de modas de lo políticamente correcto, yo me la pasé reseñando y meditando el Mundial.
El derecho al entusiasmo y el derecho a la decepción son por completo respetables, pero según yo hay derechos más perentorios y esenciales cuando estás hablando de historia, de política, de democracia, y no de fútbol. Priorizar el derecho al entusiasmo es aceptar plantarse sobre el más inestable, volátil y voluble de los terrenos. Y si alguna lección nos ha dado el último cuarto de siglo en esta ciudad, en esta entidad, en este país, es que todo desengaño se erige sobre la aquiescencia de alguien que estuvo dispuesto a engañarse, casi siempre con las mejores intenciones, casi siempre con el mejor de los conceptos de sí mismo. Así que yo he preferido excusarme de mi porción de derecho al entusiasmo, para mantener intacta mi modesta capacidad crítica y autocrítica, mi hipotético sentido de ubicación histórica, los escasos o nulos alcances de mi discernimiento. Porque los voy a necesitar. Y no voy a ser el único.
Al igual que cualquiera, puedo por supuesto equivocarme. Pero no nací ayer. Nací justo un año después del partido del siglo, disputado entre Italia y Alemania: nací pues sabiendo que ni Alemania ni Italia habían sido campeones.