La primera insurrección socialista en la historia de México

Por Eduardo Nava Hernández/ Grupo Crónicas Revista 

Eduardo Nava,
Politólogo, Catedrático Universitario, Investigador Nacional S.N.I.

Hace 150 años estalló en el oriente del Estado de México lo que fue el primer levantamiento, protagonizado por algunas comunidades indígenas, contra las expresiones rurales del naciente capitalismo mexicano y también contra el Estado nacional apenas en proceso de consolidación bajo la presidencia de Benito Juárez. Un año hacía, apenas, de la derrota del imperio, la expulsión de las tropas de intervención extranjeras y el fusilamiento del pretendido emperador Maximiliano de Habsburgo. Se abría una nueva etapa que buscaba dejar atrás la inestabilidad política y los permanentes estertores del militarismo, invasiones externas y debilidad institucional que habían caracterizado las primeras cuatro décadas de nuestra vida independiente.

Con el incipiente desarrollo capitalista emergió también la resistencia al mismo, no como mera expresión espontánea a la explotación y el despojo sino, por primera vez, con un ideario que la eslabonaba con las ideologías y movimientos que, particularmente en Europa, se desarrollaban también para resistir y combatir las nuevas formas de explotación y amenazas que la llamada por Marx verdadera acumulación originaria de capital representaba contra las formas comunitarias y artesanales de organización de la producción.

Muchos de los datos relativos a la rebelión de Chalco y otras comunidades de la región son ambiguos y confusos, como veremos a continuación; pero otros están bien documentados y permiten asegurar la influencia de las ideas del anarquismo y el socialismo utópico en el levantamiento campesino.

El anarquismo moderno llegó a nuestro país en 1861 de la mano del griego-húngaro Plotino C. Rhodakanaty, miembro de la nobleza de su patria de origen, atraído por los planes de colonización promovidos unos años antes por el gobierno del liberal Ignacio Comonfort. Después de una estancia en la ciudad de México, se estableció en 1865 en Chalco, donde fundó una escuela a la que llamó del Rayo y el Socialismo, en la que lo mismo alfabetizaba a los campesinos y a sus hijos que difundía las ideas sociales de Pierre Proudhon y las de Charles Fourier. Para algunos historiadores, era en realidad un socialista cristiano. Con él se formó una primera generación de socialistas mexicanos como Francisco Zalacosta, Santiago Villanueva, Alberto Santa Fe y Hermenegildo Villavicencio. Sus esfuerzos se enfocaron principalmente al sector artesanal, donde comenzaron a desarrollarse las primeras uniones mutualistas y asociaciones gremiales; pero no dejaron de influir también en comunidades indígenas y grupos campesinos, especialmente de la misma región de Chalco y sus alrededores.

De la Escuela del Rayo y del Socialismo y el Club Socialista de Chalco surgió también Julio López o Julio Chávez. Era un joven nacido en la comunidad de San Francisco Acuautla, del municipio de Ixtapaluca, alrededor de 1840. Al parecer, era un mestizo que muy joven se integró a las filas del ejército liberal durante la Guerra de Reforma (1858-1860) y la Intervención Francesa (1861-1867), alcanzando el grado de coronel. Sin embargo, en una carta de Rhodakanaty a su también discípulo Zalacosta en septiembre de 1865 o 1866, citada por José C. Valadés (El socialismo libertario mexicano. Siglo XIX) describe así a Julio Chávez: “un muchacho [que] trabaja en una hacienda cercana a Texcoco. Ya aprendió a escribir; sabe también hablar regularmente. Me ha dicho que pronto dará una conferencia socialista”. Llama la atención que su mentor se refiera a él como “un muchacho” y que estuviera aprendiendo a escribir en la escuela del anarquista griego, si había alcanzado ya un alto rango en el ejército y teniendo ya unos 26 años de edad.

El hecho es que Julio no se limitó a escribir ni a preparar conferencias de tema socialista. Por su formación militar y armado de las ideas socialistas de su maestro, organizó en diciembre de 1867 un levantamiento en el que participaron vecinos de Chicoloapan, San Francisco Acuautla, Texcoco, Tlalmanalco, Amecameca y Chalco. Invadió las haciendas de las regiones de Chalco Coatepec, Acuautla y Texcoco, e inició el reparto de tierras a los peones y campesinos. Al parecer, esto hizo crecer rápidamente su movimiento y provocar la alarma del prefecto de Texcoco, que comunicó los hechos al gobierno federal. Éste reforzó las tropas en la región y desató la represión contra los pueblos, con arrestos masivos, asesinatos indiscriminados y otras atrocidades contra pobladores inocentes.

En ese momento, Julio López —como aparece en todos los documentos del archivo de la Defensa Nacional, referidos por Leticia Reina (Las rebeliones campesinas en México 1819-1906)— declaraba no estar contra el gobierno de Juárez sino sólo contra los terratenientes que habían despojado tierras a las comunidades. El 16 de enero de 1867 publicó un manifiesto “República y Patria Mexicana” dirigido al Presidente en el que demandaba justicia agraria con base en los títulos originales de los pueblos, pero también justificaba su rebelión porque “estamos cansados de andar ante los tribunales de justicia… convencidos de que de esta manera jamás lograremos recobrar nuestros terrenos que poseen los hacendados sin derecho algún… estamos prontos a levantarnos en masa, apropiarnos de nuestros terrenos a la viva fuerza y hacerles la guerra a los verdaderos opresores, a los tiranos hacendados”. Y agregaba: “jamás formaremos guerra a nuestro gobierno, porque somos sus fieles sostenedores, pero que se nos cumpla lo que pedimos”.

En ese documento se expresa, entonces, un espíritu justiciero, pero no las ideas anarquistas que Rhodakanaty difundía: “¡Pueblos, no más gobiernos! ¡Abajo las tiranías! ¡Paso al garantismo social!”, exponía el griego en su obra Garantismo humanitario. “El gobierno es un desorden; luego una sociedad sin gobierno es una sociedad de orden. […] los hombres han de vivir bajo una era más libre, en la cual se agrupen no por temores al más fuerte sino por necesidades y voluntad: el falansterio ideado por Fourier, es lo único que nos puede salvar”.

Según los documentos referidos por Reina, el 19 de marzo de 1868 Julio López se presentó ante el jefe político de Chalco entregando 25 armas y dispersó a sus fuerzas, obteniendo de las autoridades un salvoconducto. Según otra versión, el insurrecto y cinco de sus compañeros fueron aprehendidos el 23 de marzo. Las protestas de los pueblos y, probablemente, los servicios que López había dado en el ejército liberal permitieron que el gobierno juarista le concediera el indulto.

No obstante, el 29 de mayo el jefe político de Chalco informó a sus superiores que Julio había vuelto a levantarse en armas “con una gavilla”. Se reporta en esa fecha la ocupación de la hacienda Buena Vista, propiedad de Mariano Riva Palacio, donde fueron sustraídos los caballos y repartidas las tierras a los indígenas de la región. El 9 de junio se informó que había sido derrotado; pero no fue así: el insurrecto seguía resistiendo en San Nicolás de los Ranchos, Tlalmanalco, la hacienda Azolco y San Salvador, en Puebla. Unos días después el gobernador reportaba que López amenazaba los distritos de Huexotzingo y Atlixco. Sin embargo, unos 15 de sus correligionarios —en su mayoría hombres pero también algunas mujeres— fueron apresados y casi todos, por órdenes superiores, deportados a Yucatán.

El 7 de julio de 1868 el jefe político del Estado de México comunicó que Julio López había sido aprehendido en San Nicolás del Monte, en el distrito de Yautepec, Morelos y recibió la orden de ejecutarlo. Según la versión más conocida pero no documentada en los informes del Ejército, fue trasladado a Chalco y fusilado en la misma Escuela del Rayo y el Socialismo el 9 de julio. Del episodio existe un escrito de Francisco Zarco del 24 de julio en el que sentenciaba: “Julio López ha terminado su carrera en el patíbulo. Invocaba principios comunistas y era simplemente reo de delitos comunes. La destrucción de su gavilla afianza la seguridad de las propiedades en importantes distritos del estado de México. En ese estado, como en otros muchos de la República, tiempo vendrá en que sea preciso ocuparse de la cuestión de la propiedad territorial; pero esto con medidas legislativas dictadas con estudio, con calma y serenidad y no por medios violentos ni revolucionarios”.

Sin embargo, no sólo la rebelión no acabó sino que, en las versiones de José Valadés y de John M. Hart (Los anarquistas mexicanos, 1860-1900), apenas comenzaba. Ambos autores ubican a “Chávez” en la ciudad de Puebla a principios de 1869, quizá para entrevistarse con el general Miguel Negrete —héroe de la resistencia contra los franceses—, quien preparaba un levantamiento contra el gobierno de Benito Juárez. Valadés admite que Negrete proporcionó armas a Chávez; pero no que hubiera un acuerdo entre ambos para la insurrección. Desde Puebla, Chávez López escribió a Francisco Zalacosta, el más importante de los discípulos de Rhodakanaty: “He llegado hasta acá. Hay mucho descontento entre los hermanos, porque todos los generales quieren apoderarse de sus tierras. ¿Qué le parecería a usted que hiciéramos la revolución socialista?” Y, agrega Hart, aunque Chávez López estaba consciente de que el gobierno juarista estaba decidido a sofocar el movimiento y de que las probabilidades de éxito eran muy pocas, estaba resuelto a seguir con la causa: “Estamos rodeados por un batallón; nada importa. ¡Viva el socialismo! ¡Viva la libertad!”.

John M. Hart opina: “Este levantamiento representa el primer cambio de dirección en la historia del movimiento agrario mexicano: marcó el abandono de motines y pillajes irracionales que habían caracterizado a sus antecesores. Por primera vez los agraristas expresaron sus ideas inmediatas, que derivaban de una crítica ideológica al gobierno mexicano”. Y, en efecto, las ancestrales luchas de los pueblos y comunidades indígenas en defensa de sus tierras despojadas por hacendados y políticos, o por motivos religiosos, por primera vez se proyectan en 1869 con una perspectiva política y antiestatal, que se asume no sólo nacional sino internacional, entroncando con las aspiraciones de los explotados del mundo.

El 20 de abril de ese año se publica, atribuido a Chávez López, el Manifiesto a todos los pobres y oprimidos de México y el universo. En él se denunciaba a los “latifundistas o terratenientes o hacendados” porque aprovechaban la situación de los que “nos llamamos trabajadores, proletarios o peones”. También acusaba al clero, ya que “según ellos, los frailes, hemos venido a padecer a este valle de lágrimas y tenemos que esperar para que en el cielo nos premien la resignación. Lo más curioso del caso es que los que nos piden resignación son los que menos se resignan a una existencia penosa, ya que han adquirido propiedades inmensas, las han explotado a sus ancha y con grandes beneficios y también con toda paciencia nos han explotado: HAN COMIDO OPÍPARAMENTE DEL SUDOR DE NUESTRA FRENTE. […] Que reine la religión pero nunca la Iglesia y menos los curas”.

Pero el Manifiesto denunciaba por primera vez, desde una rebelión campesina, al Estado nacional, en este caso al gobierno juarista: “Si los curas son malos, también lo son todos los hombres que mandan. ¿Qué diremos de eso que hemos dado en llamar gobierno y es tiranía? ¿Dónde está el gobierno bueno? Juárez, a pesar de llamarse republicano y enemigo de la Iglesia, es un mocho y déspota: es que todos los gobiernos son malos. Por eso nos pronunciamos contra todas las formas del gobierno: queremos la paz y el orden”. Denunciaba también la traición y abandono del indio de Guelatao ante las demandas de los pueblos indígenas: “Habíamos creído que el triunfo de la república sería el verdadero triunfo del pueblo, ya que todos los hacendados se habían refugiado en los faldones del imperio; pero con suma tristeza hemos visto, que estos mismos hacendados han tenido refugio en los faldones republicanos, lastimándose así los intereses que deberían ser inviolables: los de los pobres”.

Y el documento anunciaba: “Vamos a una contienda de sangre. ¿Pero qué importa si esta sangre es generosa? Fertilizará nuestros campos; dará exuberancia a las plantas y dejará un rastro a la humanidad del futuro”. Su llamamiento final es contundente: “Hermanos nuestros: Queremos el socialismo, que es la forma más perfecta de convivencia social; que es la filosofía de la verdad y la justicia, que se encierra en esa triada inconmovible: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Queremos destruir radicalmente el vicioso estado actual de explotación, que condena a unos a ser pobres y a otros a disfrutar de las riquezas y del bienestar; que hace a unos miserables a pesar de que trabajan con todas sus energías y a otros les proporciona la felicidad en plena holganza […] ¡Viva el socialismo! ¡Viva la libertad!”.

El Manifiesto, proveniente del mundo rural y no del artesanal; es la expresión máxima del pensamiento libertario y socialista mexicano en el siglo XIX. Si, como parece, se debe a la pluma de Julio Chávez López (aunque hay quienes lo atribuyen a Rhodakanaty o a Zalacosta), no es tan sólo un ideario sino un documento que acompañaba y buscaba guiar la acción de las clases subalternas en su lucha contra los terratenientes usurpadores y contra el Estado mexicano mismo. “El manifiesto fue la expresión de un nuevo tipo de ideología de lucha de clases que surgía del desesperado movimiento agrario mexicano”, concluye John M. Hart.

El hecho es que, después del Manifiesto socialista-anarquista, la rebelión campesina continuó. Valadés, que sólo cita entre sus fuentes el testimonio de Aniceto López, quien conoció personalmente la rebelión de Chávez, ubica el 1 de mayo de 1869 el inicio del levantamiento, cuando una partida de las fuerzas armadas se presentó en la ya llamada Escuela Moderna y Libre de Chalco, donde habitaban Chávez López y algunos campesinos. Chávez y sus compañeros se resistieron con armas y el caudillo pudo escapar hacia las faldas del Iztaccíhuatl. Según Hart, en cambio, Chávez fue aprehendido y conducido a Chalco por las tropas federales; pero fue rescatado por los campesinos y pudo escapar a los cerros, donde se fortaleció con otros campesinos. Atacó entonces la hacienda de San Martín Texmelucan y derrotó ahí a las fuerzas federales; luego quemó los archivos municipales.

Chávez derrotó a las tropas del ejército en Apizaco, Tlaxcala, donde también quemó los archivos municipales y recolectó dinero. Encomendó al teniente Anselmo Gómez marchar hacia Veracruz con 50 hombres mientras él, con 1 500 hombres marchaba hacia el Estado de Hidalgo. En el camino, congregaba a la gente repartiendo tierras y explicando al pueblo el contenido de su Manifiesto. Anselmo Gómez logró tomar, con 150 hombres, el pueblo de Chicontepec en Veracruz. Chávez López estableció su campamento en Actopan, Hidalgo. Ahí fue sorprendido por las fueras federales y apresado. Se lo condujo a Chalco donde fue fusilado el 1° de septiembre de 1869. Antes de morir gritó ¡Viva el socialismo!

Según Valadés, Rhodakanaty y Zalacosta intentaron unirse a la insurrección una vez que ésta estalló; pero ya estaba muerto el caudillo principal. Zalacosta logró escapar de la persecución militar disfrazándose de campesino; Rhodakanaty fue aprehendido y amenazado con la pena de muerte, pero fue puesto en libertad imponiéndosele el destierro de todas las regiones donde había florecido la rebelión.

1868 fue un año de sequía como no se había visto en muchos años. En ese periodo florecieron las rebeliones indígenas en el sur de Sonora, donde los yaquis, como ya lo venían haciendo desde años antes, se rebelaron contra el gobierno liberal para defender sus tierras de la privatización. En los Altos de Chiapas los indígenas mayas chamulas y de otras etnias intentaron un movimiento separatista para defender su autonomía. Y en el Nayar, el caudillo Manuel Lozada, que se había aliado alternativamente con conservadores y liberales, pactó con el gobierno de Juárez al ser derrotado el Imperio; pero cuando el gobierno liberal insistió en fraccionar y privatizar las tierras volvió a la insurrección, que duró en Jalisco y Nayarit hasta 1873.

A 150 años del alzamiento de Chalco y sus alrededores, la vena anarquista y del socialismo utópico se mantiene viva, como se puede ver en el neozapatismo chiapaneco y en el reciente esfuerzo del Congreso Nacional Indígena y el Consejo Indígena de Gobierno de integrarse, paradójicamente, a través de la candidatura de Marichuy a la presidencia, como una federación nacional de pueblos y comunidades muy similar a la imaginada por Proudhon y Charles Fourier. Eric Wolf (citado por Hart) afirma: “La utopía campesina es el poblado libre, libre de recaudadores de impuestos, reclutadores de mano de obra, grandes hacendados, funcionarios… para el campesino el Estado es un polo negativo, un mal a sustituir de prisa por su propio orden social local. Ellos creen que ese orden puede mantenerse sin el Estado; por lo tanto, los campesinos en rebelión son anarquistas naturales”.

Y a más de un siglo y medio de la llegada del anarquismo europeo a nuestro país y su entronque con el mundo artesanal y campesino, Rhodakanaty, Santa Fe, Zalacosta Villavicencio y ese enigmático personaje que fue Julio López o Julio Chávez han de ser reconocidos como parte de la historia de las izquierdas, sobre todo libertarias y socialistas, que tan temprano como en el periodo de afianzamiento del Estado nacional y del naciente capitalismo en México, intentaron enfrentarlo incluso con levantamientos como el de Chalco y, ya en el porfiriato, otros también socialistas como el de Sierra Gorda y el de La Barranca. Una historia que los oprimidos y explotados del siglo XXI no deben dejar perder si han de cimentar sus luchas y su futuro.

 

Morelia, Michoacán, 26-27 de julio de 2018.