En 1995, al cumplirse el centenario de la desaparición de Federico Engels, escribí un homenaje que presenté en el foro organizado con ese motivo por el Partido del Trabajo en el Distrito Federal. Lo retomo en este nuevo aniversario.

FEDERICO ENGELS, CIEN AÑOS DESPUÉS

Por Eduardo Nava/ Grupo Crónicas  Revista

Eduardo Nava,
Politólogo, Catedrático Universitario, Investigador Nacional S.N.I.

Quiero ante todo preguntarme si podrá una ocasión como esta, el centenario de su muerte, servir a la revaloración de la vida y la obra de quien, como Federico Engels, dio a lo largo de su fecunda existencia un ejemplo excepcional de lucidez y congruencia en el objetivo de dar a la lucha de la clase obrera una perspectiva más amplia que la vinculara con la liberación humana. ¡Qué difícil, si ese fuera el propósito de la conmemoración, hacer justicia en estos tiempos, desventurados para la lucha socialista, al recuerdo del teórico y el revolucionario! ¿Cómo evaluar, en estos aciagos y confusos días de restructuración y restauración neoliberal del capitalismo, de terribles derrotas para los trabajadores y de despeñamiento de los regímenes autoritarios que se erigieron invocando el nombre del socialismo y de sus fundadores, la figura histórica de Engels? Engels ha llegado a ser un palimpsesto, un documento sobreescrito al que hay que redescubrir limpiándolo de todo lo que se ha vertido sobre él y que lo oculta. Para reencontrar ahora en su integridad y en su vigencia al pensador, al revolucionario y al hombre hay que penetrar una doble capa: la que le ha asignado un carácter tan sólo complementario al de Marx en la gestación del socialismo moderno, y la que, a un siglo de su desaparición física, lo condena a esa “forma extrema de la muerte” que es, como dice Luis Villoro, el olvido.

De la vida de Engels nos queda, duraderamente grabadas en la memoria, un conjunto de hermosas imágenes que no quisiera dejar de evocar en esta oportunidad:

Evoco, por ejemplo, al Engels adolescente que se rebela contra el dogmatismo y el ascetismo fanáticos del pietismo en el que fue educado en el seno familiar, para pasar de ahí, en sus “Cartas de Wuppertal”, a la crítica de la situación de miseria social de los obreros textiles de Elberfeld.

Me ha acompañado durante gran parte de mi vida la imagen del Engels de juventud combativa que a los 22 años de edad, en Inglaterra, se adhiere al comunismo y, rompiendo intelectualmente con la clase a la que pertenece, observa y estudia de manera directa las condiciones de vida de los trabajadores fabriles de Manchester para dar origen a una de las más sólidas denuncias sociológicas del capitalismo que se hayan escrito, La situación de la clase obrera en Inglaterra, y que descubre en el proletariado no tan sólo a la clase que sufre, como la había visto Roberto Owen, sino a la clase llamada a luchar por la transformación del mundo.

Me ha asombrado el Engels precursor intelectual que descubre, cuando aún Marx navegaba en las aguas de la revisión filosófica del hegelianismo de izquierda, que la crítica del capitalismo implica también la crítica de la ciencia de la producción y distribución capitalistas y publica en 1844 el primer Esbozo de crítica de la Economía Política: el ensayo que le permite al hasta entonces desconocido Carlos Marx interesarse por primera vez en el tema y, de paso, iniciar con el autor un intercambio epistolar y una amistad que durarán por toda la vida.

Me parece esencial el Engels militante y organizador, que en el verano de 1847 acude al Congreso de Londres de la Liga de los Justos, una pequeña agrupación clandestina de militantes alemanes, para contribuir a transformarla en la Liga de los Comunistas como embrión de un partido orgánicamente vinculado al movimiento obrero. Como dirigente de la Liga, junto con Marx, ese Engels elabora la primera formulación de la estrategia de la hegemonía del proletariado en la revolución popular y de la necesidad de la alianza con el campesinado y la pequeña burguesía.

Admiro al Engels combatiente que en 1849 se enlista en el cuerpo de voluntarios de Willich en defensa de la insurrección popular que muy pronto sería derrotada, y que participa en tres batallas antes de ser juzgado e iniciar, en Inglaterra, su prolongado exilio.

Aprecio al Engels conmovedoramente humano, que se enamora para siempre de una sencilla obrera y activista irlandesa llamada Mary Burns, y que por la aversión que sentía hacia el matrimonio como una institución burguesa, se niega como cuestión de principios a legitimar ante una autoridad su unión con quien ha de ser la compañera de su vida.

Invoco, desde luego, al Engels de la amistad solidaria que, tras la derrota, retoma su puesto en la administración de la fábrica familiar en Manchester para, entre otras cosas, ayudar a su amigo Marx durante su difícil y prolongado exilio en Londres. Con méritos más que suficientes para brillar con luz propia, es el Engels que acepta con modestia y de buen grado, como él mismo lo escribió, “el papel de segundo violín” al lado de su amigo y protegido Carlos Marx. Es el Engels que pasa así a la historia como el colaborador cercano, el permanente compañero de lucha, el continuador y heredero intelectual del fundador del materialismo histórico y de la corriente del socialismo que quedó identificada con su nombre: el marxismo. Ese papel complementario ha opacado, con frecuencia, las aportaciones propias y la riqueza vital e intelectual de su pensamiento revolucionario.

Me deslumbra el Engels historiador, periodista y enciclopedista, que redacta con una prosa sencilla, clara y elegante cientos de artículos en los que pasa revista a la situación de los países de Europa y de las más diversas regiones del mundo y llega a ser, entre otras cosas, uno de los máximos especialistas de su tiempo en temas militares. Muchos de los artículos publicados bajo la firma de Marx en el New York Daily Tribune, entre ellos los titulados “Revolución y contrarrevolución en Alemania” se deben en realidad a la pluma de Engels que, incansable, no deja de apoyar a su amigo, dedicado a la sazón a su magna obra, El Capital. Crítica de la Economía Política cuyo primer tomo aparecerá finalmente en 1867.

Es imprescindible el Engels heredero y continuador intelectual de Marx que, tras la muerte de éste en 1883, se aboca sin escatimar esfuerzo a preparar para su publicación los borradores dejados por su amigo y dar a la luz los tomos segundo y tercero de El capital, este último publicado apenas en 1894, un año antes de su muerte. A Engels no le alcanzaría sin embargo la vida para editar el tomo cuarto, la Historia crítica de las teorías de la plusvalía, que deja en manos de sus discípulos.

No olvido, en fin, al Engels formador y orientador de las primeras generaciones de intelectuales y militantes marxistas vinculados al desarrollo del Partido Socialdemócrata Alemán como Bebel, Mehring, Kautsky y Bernstein, con los que compartirá una prolongada tarea de divulgación y sistematización del marxismo en las décadas finales del siglo XIX.

De la obra de Engels destaca su papel cofundador de la concepción materialista, sus múltiples aportaciones particulares a la construcción del cuerpo teórico del marxismo y su inmenso trabajo de sistematización y divulgación del materialismo y el moderno socialismo. Como escribiera Karl Korsch, de Marx puede decirse lo que Saint Hilaire dijo de Darwin: su destino y su gloria fue el haber tenido sólo precursores antes que él y sólo discípulos después de él; pero Marx tuvo también un amigo y colaborador genial, Federico Engels.

Se ha sugerido a menudo la existencia de divergencias importantes entre el pensamiento del Engels maduro y el de Marx. Dos son las grandes acusaciones que se han lanzado a la obra intelectual de Engels: primero, el haber deformado el método dialéctico de Marx aplicándolo mecánicamente a la naturaleza, en su Anti-Dühring (1877-1878) y en la Dialéctica de la naturaleza (escrita en lo fundamental entre 1873 y 1883, aunque nunca concluida ni preparada por el propio Engels para su publicación); y segundo, el haber caído en el determinismo económico y menospreciar el papel de la política. Ya en vida de Marx y Engels se habían externado esas opiniones a las que este último se refería en una carta a Eduard Bernstein del 23 de abril de 1883: “La fábula del sórdido Engels que habría descarriado al benigno Marx se ha repetido muchas veces desde 1844”.

No hay indicios de haber existido a lo largo de sus cuarenta años de amistad mayor disentimiento teórico ni personal entre Marx y Engels, salvo el enojo que produjo en este último la fría respuesta de su amigo, condicionada por una agobiante penuria económica, frente a la repentina muerte de su compañera Mary Burns en enero de 1863. La desavenencia fue subsanada en breve, luego de que, al reproche epistolar de Engels, le siguió una cautelosa carta de disculpa del abrumado Marx. Después de ello, ningún documento autoriza a hablar de divergencia teórica importante alguna entre los dos colaboradores. El Anti-Dühring fue redactado por Engels a instancias de Marx, y éste conoció el manuscrito antes de su publicación, sin haberle hecho mayores observaciones. La Dialéctica de la naturaleza fue redactada por fragmentos a través de un largo período, nutriéndose de la constante correspondencia y los intercambios de opiniones entre Engels y Marx. En ambos textos, la preocupación de Engels fue encontrar en la dialéctica leyes comunes que permitieran explicar tanto los fenómenos de la naturaleza como de la sociedad y fundamentara la necesidad material del socialismo, una preocupación acaso inducida por el amplio desarrollo de las ciencias naturales y el surgimiento del cientificismo positivista a finales del siglo, pero que fue compartida por los dos amigos e iniciadores del marxismo.

Esa preocupación, característica del materialismo de Marx y Engels, no iba, por lo demás, más allá de buscar en el análisis de lo social los fundamentos materiales de un socialismo posible, no meramente utópico, que sin embargo no llegará a ser por la mera acción de leyes objetivas, sino se realizará tan sólo a través de la acción consciente de sus actores, las clases sociales, y especialmente los trabajadores. Como escribiera Engels en una carta a José Bloch en 1890, para su concepción materialista de la historia el factor económico determina tan sólo en una última instancia el desarrollo social, mas no es nunca, bajo ninguna circunstancia, la única determinación.

Podemos, pues, volver a nuestra pregunta inicial. ¿Hará un aniversario como éste el honor merecido a un personaje histórico como Federico Engels? Cien años después de su muerte, cuando más parece haberse alejado de la mente de los hombres y mujeres la idea de luchar por una sociedad distinta sin opresión y explotación, ¿qué enseñanzas nos quedan de su obra para nuestro presente y para nuestro probable futuro?

Hay que recuperar de Engels algo más que su biografía ejemplar y algo más que su permanente e indeclinable radicalismo. De sus obras más maduras extraigamos, al menos, dos elementos necesarios hoy, más que nunca, para orientar la lucha socialista. En Del socialismo utópico al socialismo científico, encontramos, por ejemplo, un análisis de los más sólidos –que no ha perdido su vigencia y nos descubren aun hoy la existencia del potencial objetivo, material del socialismo– de las contradicciones del capitalismo avanzado: entre las formas socializadas de la producción y las formas privadas de la apropiación y entre el potencial enorme de las fuerzas productivas contemporáneas y la desigual distribución de su producto.

Engels se aproxima, también, a nuestro tiempo, porque –como lo muestra su último texto político: la “Introducción” de marzo de 1895 a Las luchas de clases en Francia de Carlos Marx– cubre como ninguna otra figura y en mayor medida que el propio Marx, el ciclo del socialismo del siglo XIX, desde la emergencia de la lucha de clases y el surgimiento de las primeras formas de organización obrera, asomándose hasta a los umbrales del socialismo del siglo XX con sus grandes partidos de masas, su estrategia de lucha prolongada y su vinculación de la lucha por la democracia con el socialismo.

Cuando, quizás más pronto de lo que se piensa, las masas del pueblo retomen su por ahora interrumpida lucha por un cambio profundo y radical de la sociedad, mucho tendrán que recuperar y aprender de ese viejo pero en mucho no envejecido maestro del proletariado que fue Federico Engels.

Coyoacán, D.F., 5 de agosto de 1995.