La llamada de la Selva (Cuento)
Por Sergio J. Monrela/ Grupo Crónicas Revista
[Desde algún lugar de la segunda mitad de los años noventa.]
Me voy a la selva dice. Tiene una maleta abierta sobre la cama y deposita en ella un par de pantalones de mezclilla. El armario entreabierto y semivacío me permite concluir que ya la mayor parte de su ropa ha sido incorporada al inminente viaje.
Yo en principio no logro entender con claridad de qué está hablando. Bastante esfuerzo representa ya mantenerme de pie a pesar de las arcadas y el mareo. Selva murmuro, y acuden a mi mente hipopótamos retozando en el pantano, guacamayas multicolores emitiendo imposibles cánticos desde la rama de un árbol, rugidos de misteriosa procedencia, pigmeos con cerbatana y aguijones envenenados, Kriga-Tarzán-bundolo…
¿Me haces un sitio en la cama, Jane? Creo que bebí de más. Asiente y, en silencio, recorre su maleta hasta la orilla del colchón. Casi estoy por añadirle a mi lamentable estado un punzante cosquilleo de culpabilidad, cuando ella cede a la tentación de devolverme el sarcasmo. Andele, mi Hemingway, acuéstese. Perfecto. Dos minutos (no sé por qué no puedo dejar de ver el reloj) y ya nos anotamos un punto cada uno. A pesar de las cincuenta y tantas horas que hemos pasado sin vernos, permanecemos en magnífica forma.
Avanzo hacia la cama como por la cubierta de un barco a punto del naufragio y, recostado ya, me asalta una duda repentina: ¿Por qué Hemingway? Las dos veces anteriores en que esto ocurrió («esto» es salir cierta mañana diciendo voy a la tienda y volver tambaleándome un par de días más tarde) fui primero Charles (por Bukowski) debido sin duda al olor a fruta podrida, y después Henry (por Miller) debido a las marcas rojizas en la garganta y las huellas de labial en el mentón. Hemingway… lo primero curioso es que haya cambiado el nombre de pila por el apellido. Claro que la pronunciación de la palabra Ernest no deja de tener su grado de dificultad; al principio uno siente la tentación de convertirla en Ernst para distanciarla lo más posible de Ernesto (nada más vergonzoso que las editoriales empeñadas en llamar Antonio a Chéjov, Luis a Pirandello y Gustavo a Flaubert), pero cuatro consonantes juntas para una boca habituada al castellano… Hemingway… ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que llegué?
Ella acaba de extraer de un cajón toda su ropa interior. Eso distrae a cualquiera. Cuelgan los tirantes de un sostén negro que hace una eternidad desabroché sin más ayuda que la de los nudillos del meñique izquierdo. Se alternan una y una las… ¿bragas? ¿pantaletas? ¿calzones? (ojalá que nunca tenga que enfrentarme en ninguno de mis textos a la disyuntiva de tener que optar entre una de estas palabras abominables) de satín, de algodón, de satín, de algodón; así, hasta completar diez. El satín es ideal para la época de calor o para las noches de lujuria incontrolable. El algodón va más con el frío y con los momentos de ternura y complicidad semi-infantil. Capítulo aparte esa prenda blanca y minúscula que, húmeda, tiende a adherírsele como una segunda piel (¿cuántas veces se habrá repetido a estas alturas eso de «como una segunda piel»?) y que terminó por usar ya únicamente, a petición mía, bajo la regadera, cuando nos bañábamos juntos. Hemingway…
Tengo comezón en la nuca. Levanto una mano para rascarme. Sorpresa. Hay en ella una lata de Budweiser (viva el libre comercio). Malditas las ganas que tengo de seguir bebiendo, pero de cualquier forma me la llevo a los labios. Sorpresa. Está vacía. La dejo rodar por mi regazo y se detiene entre las rodillas. Nueva sorpresa. Mi pantalón está manchado de sangre. Muy manchado. Vuelvo a mirar el reloj y me distraigo. No me fijo en la hora, sino en los desmesurados lunares que cubren mi muñeca. Sangre también. ¿De dónde salió?
Hemingway… ¿Selva dijo? La relación puede estar ahí. Hemingway igual a selva. Pero no, el que se va a la selva no soy yo. Hemingway ella, que pretende lanzarse en pos de las nieves del Kilimanyaro en lugar de simplemente aceptar la derrota. Llamarme así debe ser otra manera de lavarse las manos, de culparme a mí de todo lo que pasa sin asumir que si esto se está yendo a la mierda es por responsabilidad mancomunada… ¿Selva dijo?
¿A qué vas a la selva? Me mira por encima de la maleta, sin abandonar lo que está haciendo (doblar un suéter de cuello de tortuga que yo le regalé) y hace notorios esfuerzos por sonreír. ¿Qué, no lees los periódicos?
No últimamente. Veamos. Si hoy es jueves y la última vez que estuve recortando titulares y clasificando artículos fue el sábado anterior, debo estar cumpliendo uno, dos, tres… seis días sin contacto con la masificación informativa. Me gustaría poder decir que este alejamiento se debe a un rechazo del estilo, el tono y la profundidad que vienen privando últimamente en el periodismo nacional, ayer permeado por el enfoque y la dinámica de la nota roja y hoy convertido en una amable y descafeinada crónica de sociales, incluso en aquellos medios que antaño servían para inflamarnos la flema revolucionaria. Pero si dijera eso estaría faltando a la verdad (¿Hemingway?); no he leído el periódico en los últimos seis días por motivos estéticos, conyugales y etílicos, en ese orden. ¿Me he perdido de algo importante? ¿Qué pasó en la selva durante este tiempo? ¿Volvió Tanzania al comunismo primitivo, revivió Lumumba, rompió Mowgli su contrato exclusivo con Walt Disney? ¿De dónde salió toda esta sangre?
Extiende sobre la cama, junto a mí, unos cuantos papeles, rotulados con caligrafías que no conozco. Anota algo en su agenda, me da una tarjeta y dice que es posible que en los siguientes días traigan una carta. Por favor me la mandas a esta dirección, ¿no? En la tarjeta está el nombre de una calle y un número. San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Por ahí hubiésemos empezado, Jane. Ahora empiezo a comprender por quién doblan las campanas, aunque Hemingway siga, a mi modo de ver, más emparentado contigo que conmigo. ¿Llevas ya tu pasamontañas, tu paliacate, tu fusil y tu playera de I Love Zapata? ¿Y tu libreta de autógrafos? Porque supongo que entre tus planes de tour se incluye una entrevista con el gran gurú, ¿no? Oquei, sin resentimientos ni sarcasmos. No obstante… Disculpa que insista, pero últimamente estoy un poco estúpido, me cuesta trabajo pescar las sutilezas. ¿A qué vas a la selva?
Me mira a mitad de la piedad y de la rabia. De pronto tengo la incómoda impresión de que siempre me ha mirado así. Claro, Kimo-sabi, discúlpame, ya entiendo: los indios te necesitan. Cuando estén fumando la pipa de la paz, no olvides dedicarme un brindis.
¿Qué va a ser de las sesiones de estudio? inquiero con pretendida candidez. Ella emite una sonora carcajada. No sabe reír; siempre que lo hace parece estar fingiendo. Aunque tal vez ahora sea sincera. Después de todo, yo, el más entusiasta promotor de esas sesiones, no he asistido a las tres últimas. Presiento que debieron cancelarse por falta de quórum. Otra ocurrencia fastidiada. En fin, era de esperarse. ¿A quién puede interesarle la lectura del bisabuelito Karl, los abuelitos Vladimir y León y el tío Ernesto a estas alturas del partido? No en balde cambiamos hace ya rato el anacrónico epíteto «lucha de clases» por el menos comprometedor «reivindicación de las demandas de la sociedad civil». Abiertos a la teoría revolucionaria siempre y cuando nos permita licenciarnos en ciencias de la comunicación sin remordimientos de por medio. ¿Por qué no puedo dejar de ver el maldito reloj?
¿Y tu trabajo?
Se encoge de hombros y arruga los labios. Repentinamente me gustaría besarla. Pero la visión de la sangre seca en mi pantalón y en mi muñeca ha recrudecido el mareo, por lo que no es conveniente improvisar ningún movimiento brusco. Hemingway… Habla con gesto de afectada gravedad. A veces hay que tomar decisiones drásticas. Sólo se vive una vez. ¿Qué sigue? ¿La música de violines? Si no tomas ese avión ambos nos arrepentiremos, tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero muy pronto. Cuando soñaba vivir mi propio Casablanca la verdad es que pensaba en otra cosa, no en perder al amor de mi vida por un inalcanzable Víctor Laszlo con capucha y conectado a Internet. Stop. Basta de frivolizar todavía más nuestros pocos patrimonios míticos de fin de milenio. Mejor cantemos la Marsellesa antes de que los nazis vengan a cerrarnos el bar. Después yo podré dormir y ella podrá irse a jugar a los cazadores del arca perdida con la sombra que quiera.
Mi interpretación del himno nacional «más hermoso del mundo» (palabras de una profesora de Química en la secundaria) debe dejar mucho que desear, pues no conozco una palabra de francés y, con el alcohol, mi voz se ha atribuido el derecho de crear sus propios patrones melódicos y rítmicos; pero eso no me parece suficiente para legitimar la mirada que ella me dedica, cediendo a la piedad por encima de la rabia. Opto por el silencio.
No parezco tener ninguna herida; luego entonces, la sangre que me cubre no me pertenece. (Esa bien podría ser la frase de carácter de mi generación).
Play it again, Sam suspiro y extiendo una mano para pulsar el botón de la grabadora abandonada sobre el piso, entre un montón de cintas sin rotular. Suena uno de esos cantautores de baratillo y sin cafeína (mitad Dylan-mitad trova cubana) que vienen proliferando a últimas fechas. Cambio la cinta (ella ha guardado su agenda y sus papeles en un ajado morral de cuero y está cerrando los broches de la maleta). Tania Libertad y su erotismo descalcificado. Vuelvo a cambiar la cinta. ¿Dónde diablos están mis cassettes de Satie? Daniel Viglietti, veinte años después. Mientras él grababa esta canción yo debía estar tumbado en la sala de mi casa, viendo cartones de Hanna-Barbera por televisión, o memorizando las tablas de multiplicar. ¿Y Hemingway? ¿Cuántos años llevaba muerto para entonces? Ella deposita la maleta sobre el piso y se sienta en el borde más alejado de la cama, mirando hacia la pared, como esperando…
No quiero preguntar «¿y nosotros?». Temo por igual la carcajada, el fruncimiento de labios (cómo me gustaría besarla) y el encogimiento de hombros. Además qué importa. Nos queda París. A cualquiera que se le haya podrido alguna vez el corazón le quedará siempre París, que generosamente ha dejado de ser una ciudad para convertirse en un estado de ánimo, en una referencia universal, en el arquetipo primordial de todos los sueños cancelados y todas las nostalgias posibles (parece que Hemingway no está dispuesto a perder el protagonismo esta tarde, ¿eh?). El nuestro acaso haya sido un París menos poético que el confeccionado por Michael Curtiz, pero qué se le va a hacer; tampoco somos Ingmar Bergman y Humprey Bogart.
Estoy harto de mirar la hora cada dos segundos sin saber por qué. Arranco de mi muñeca el reloj de pulsera y lo arrojo contra la ventana. Ni siquiera alcanza a cubrir la mitad del trayecto; aterriza junto a una pata de la cama, muy cerca de mi pie derecho. Una oleada pestilente y ácida se eleva por mi garganta. Aprieto los párpados y los labios, crispo los dedos sobre el estómago y el malestar se difumina poco a poco, sin por ello dejar de ser una presencia tangible, repartida por todo el cuerpo en espera del momento de la concentración y la ofensiva finales.
Ella permanece inmóvil, de perfil, con la vista perdida en la inmensidad rugosa del muro de enfrente. ¿En qué estábamos? Ah, sí; en nuestro París, en el balance de nuestra pasión racionalmente fundada sobre los preceptos de la revolución francesa. Lo de siempre: el mundo en guerra y nosotros nos enamoramos. Pero sin caer en los recurrentes errores del ayer. Nada de propiedad privada (ya que no podíamos abolirla de los medios de producción, siquiera buscábamos erradicarla de nuestros aparatos de reproducción), nada de límites, nada de ejercicios de poder sobre el otro. Igualdad, libertad y fraternidad, sí señor. Quemar la bastilla de la relación amorosa convencional. Sonaba bonito, ¿no? Aunque sólo fuera un tejido teórico para sostener nuestra nula voluntad de asumir compromisos perdurables y profundos con el otro. Tal vez hubiese sido mejor confesar que veníamos de experiencias que nos hacían recelar de la convivencia cotidiana y las responsabilidades conyugales, y que con pasión o sin ella no estábamos dispuestos a dejar de acostarnos con quien nos apeteciera, en el momento en que nos apeteciera. Así, la semillita de posesión que todo amor supone probablemente no habría dado retoños. Cierto que en ese caso no habría retoñado ninguna de las semillas necesarias para que el amor pueda ser considerado sin reservas como tal, pero al menos yo me hubiese ahorrado los seudónimos de Charles, Henry y Hemingway (¿por qué Hemingway?) y tú este excesivo pretexto épico, este lamentable show de despedida civilizada. Eso sin contar que nunca le hubiera roto los espejuelos a aquel violoncelista escuálido y lampiño (lo que me ofendió no fue tu infidelidad, sino tu mal gusto), ni tú tenido que inventar discrepancias ideológicas cada vez que yo me enredaba con alguna de nuestras ocasionales compañeras de lucha.
Sigo con mi intermitente pero minucioso autorreconocimiento corporal, en busca de una explicación para esta sangre. Tras concluirlo, puedo afirmar categóricamente que el único malestar que cabe destacar más allá del debido a los efectos del licor, es el de una ligera punzada sobre el pómulo derecho. Hacia él llevo mi mano, libre ya del bote de Budweiser. Duele el pómulo y la cuenca toda del ojo, que voy recorriendo con los dedos. Debo tener un lindo y enorme moretón. Así que a esto debemos la alusión a Ernest. Ojo lastimado igual a pelea igual a Hemingway. La simpleza del razonamiento no deja de resultar decepcionante. En fin. La duda que ahora me asalta es la de mi hipotética pelea. ¿Con quién? ¿Por qué? ¿Qué fue del poseedor original de toda esta sangre?
Ella también tiene un reloj. También lo mira con insistencia. Esto es para morirse de risa. Si hubiese a la mano una cámara de video y un psicoanalista podríamos hacer un buen negocio. Existencialismo didáctico dirigido a terapias de pareja. Diez minutos de diálogo monosilábico y luego soliloquios alternados en pantalla, para que cada uno manifieste su particular punto de vista respecto a la relación. ¿Qué estás esperando? ¿Que te pida que te quedes? No voy a hacerlo, mi amor. Sería un síntoma de flaqueza y, al igual que tú, estoy dispuesto a llevar mi papel hasta el final. La cordialidad y la razón por encima de todo…
Mejor hagamos un poco de retrospección para ver si es posible dejar en claro el origen de la sangre. Hasta ayer al medio día sólo había bebido un poco de ron. Estaba aceptablemente limpio. Ojeroso, friolento y desaliñado, pero limpio. De modo que estas manchas parduzcas (debo mantener los ojos cerrados si no quiero que las náuseas pasen a mayores) tuvieron que aparecer en el transcurso de la tarde… Hemingway. Qué poco imaginativo de tu parte. Hoy es jueves. Memoria, memoria… ¿qué planes había para el miércoles?
¿Quieres que cierre la cortina? consulta a media voz, mientras enciende un cigarrillo. Por lo visto se ha armado de paciencia. Lástima. Ser pacientes cuando ya no podemos esperar nada uno del otro me parece una estúpida pérdida de tiempo. Déjalo; así está bien. Miércoles, miércoles, miércoles. Ya. Manifestación a las 16 horas, mitin a las 17. Como el día en que nos conocimos. Entre todas las manifestaciones de todos los pueblos del mundo, ella tenía que entrar en la mía. Los policías en el portón del edificio colonial vestían de azul; tú de rojo, como en los mejores sueños del erotismo proletario. Bello inicio para una historia en la que, como debe ser, mientras más hacíamos el amor más ganas teníamos de hacer la revolución, aunque lo que esto último suponía nunca llegara a esclarecerse. Después repetimos el ritual a menudo. Aumentos salariales, protestas sindicales, actos conmemorativos independientes, eventos de solidaridad. Sin distinciones. Ya que ninguna lucha era la nuestra, todas podían serlo. Duro, duro, duro… Mantas de letras chorreantes, consignas y más consignas, alguien con una guitarra en la mano y seiscientos mil lugares comunes en la garganta, una docena de oradores improvisados entre los que siempre procurábamos contarnos alguno de los dos, amigos, conocidos, compañeros todos. ¿Asistí al acto de ayer? ¿Tras tantos años al fin recibí golpes por La Causa, al fin padecí en carne propia la represión de la oligarquía y ahora soy incapaz de recordar? ¿Cómo es posible que un evento tan trascendente se esconda así en los entretelones de la amnesia? Creo que voy a vomitar.
Ella se mantiene imperturbable, en su sitio. Además del irresistible deseo de besarla me entran ganas de hacerle un cuadro. Mujer equilibrada mirando a la pared cigarrillo en mano mientras se apresta para acudir a su cita con la Historia. Perra estúpida. Si no se marcha en este instante, voy a tener que olvidarme de cuanto suelo declarar cada ocho de marzo y romperle los dientes. Si se le ocurre decir «incompatibilidad de caracteres» la arrojaré de cabeza por la ventana. Si me mira por encima del hombro y entorna los párpados no voy a resistir la tentación de pedirle que se quede; aunque sea inútil, aunque no tenga sentido, aunque sin remedio esto se haya echado a perder. Viglietti en lo suyo; ¿qué le importa que sus alusiones al ideal bolivariano queden fuera de lugar? Cambio de cinta. Oprimo el botón repitiendo play it again, Sam. Ella observa su reloj mientras exhala con fastidio una nueva bocanada de humo. Presiento que no capta el sentido de mi broma. Tampoco entendió nunca mis problemas para escribir literatura social sin hacer realismo jurásico. Además prefiere las películas de Al Pacino a las de Bogey. Que se joda.
Pink Floyd. Ignoro qué álbum y qué pieza. Hay temas en los que no soy lo que se dice un erudito. El rock progresivo es uno de ellos. Dejo correr la cinta, pues tengo asuntos más urgentes reclamando mi atención. Las oleadas de acidez han sido especialmente pertinaces en los últimos minutos, obligándome a realizar complicadas rutinas respiratorias. La cabeza ha comenzado a dolerme. Lo único rescatable de esta experiencia es que la intensificación de los malestares estomacales parece ser directamente proporcional a la recuperación de la memoria. Mientras más violentas y continuas se hacen las arcadas, más nítidas aparecen ante mí las imágenes de la tarde de ayer, aunque todavía no se clarifique en ellas el origen de la sangre. Alguien llama a la puerta.
Miércoles, 15:30. Me veo rematando una discusión de casi veinte horas en la que mis dos interlocutores pretendían minimizar mi repentino nihilismo como una derivación inconsciente y pasajera de mis problemas sentimentales. Acumulo un sinfín de argumentos, caracterizándonos como un puñado de autocomplacientes. Presiento que acabaremos mal. ¿Tanto como para llegar a la violencia? ¿Es suya esta sangre? Qué manera de llamar; quien quiera que sea, debe pertenecer a ese grupo de imbéciles que suponen que uno vive tras la puerta esperando su llegada. Alguien vaya a abrir, por Dios santo. Gracias. Al fin. El silencio. Volvamos a la recapitulación. Me veo repitiendo los predecibles rituales. Marchar y corear. Me veo continuando la discusión entre la multitud, integrada en su mayoría por miembros de la agrupación convocante (¿frente, comité, unión, sindicato, movimiento, alianza?). Me veo increpando a los oradores, desatando ambiguos sentimientos en la concurrencia: bochorno en unos (los dos que me acompañan) y hostilidad en otros (los demás, cosa de trescientos). ¿Acaso fuimos linchados por la turba inconsciente?
Alguien cuchichea en el otro cuarto. Abro los ojos. El pecho me da un vuelco. El lugar que ella ocupaba hasta hace unos momentos en la cama está vacío. ¿Habrá sido capaz de irse así? No. La maleta continúa sobre el piso y no han terminado de diluirse en el aire los dibujos del humo. ¿Quién es? pregunto. No hay respuesta, pero puedo estar tranquilo mientras su equipaje siga haciéndome compañía. Habrá que mantener los ojos abiertos y vigilarlo, aunque con ello la habitación parezca convertirse en un carrusel. Concentrémonos en el recuento. ¿Qué pasó entonces? Me veo escapando de las garras de Fuenteovejuna. Apenas. Estaba tratando de arrebatarle el micrófono al orador en turno, rodeado por una decena de individuos más bien malhumorados, cuando mis acompañantes lograron arrancarme de la tribuna y conducirme a empujones calle abajo. Me veo entrando con ellos en una cantina de puertas batientes (como debe ser) para digerir el miedo y el disgusto. Me veo varias horas más tarde, ante cinco o seis botellas vacías, preguntándole «¿soy o me parezco?» a un parroquiano tanto o más entonado que yo, dos mesas más allá. ¿Podemos entonces considerar estas manchas un sentido homenaje a las películas de Pedro Infante y Jorge Negrete?
No cesan los cuchicheos al otro lado del muro. ¿Qué se supone que estás haciendo, Jane? Regresa aquí. Hay un par de cosas que quisiera decirte. Ya que estamos en la escena final, propongo que nos tomemos algunas libertades con el libreto. No más ascetismo, no más convención trágica (tú sabes: violencia a espaldas del espectador y cosas de ésas). Vamos a convertir nuestro Waterloo en un desaforado melodrama. Afila tus uñas y arranca tus cabellos. Deja aunque sea un pequeño testimonio de que me quisiste siquiera un poco. Tanta aparente madurez me sabe mal. A cambio, yo puedo ofrecerte un sincero escarnio de tu expedición y sugerir (sólo sugerir) que no representa más que una nueva faceta de tu permanente fuga rumbo al sinsentido, la vacuidad, la pereza y el hastío.
Me veo recibiendo un impecable derechazo en el rostro. Me veo derribando en mi caída una mesa colmada de bocadillos de mojarra y vasos de cerveza oscura. Me veo en el piso, protegido de los envites de mi envalentonado contrincante por la oportunísima intervención de mis compañeros de manifestación, mitin y juerga. Me veo subiendo a una de esas caminonetas policiacas (abiertas, con dos uniformados viajando de pie, metralleta al hombro) que en los últimos tiempos patrullan incesantemente las calles, dando testimonio de que el régimen no ha olvidado que la represión es, en primera instancia, una cuestión de estímulo visual. No he conectado un solo golpe. No ha habido en la escena más sangre que la simulada en un mediocre cartel taurino, manchado ahora de salsa verde. El dueño de la cantina insiste en que alguien tiene que pagar los bocadillos, la cerveza oscura y el cartel. Me veo cometiendo el gravísimo error de echar mano a mi bolsillo y sacar de la cartera un par de billetes, mientras los uniformados intercambian una mirada de inteligencia (o algo parecido; con ellos nunca se sabe).
¿Quién escribió «La llamada de la selva»? London, ¿no? Entonces tal vez lo más correcto sea llamarte Jack y no Jane. ¿Qué haces que no vuelves? Tanto cuchicheo ha comenzado a ponerme nervioso. Eso sin contar que la habitación acelera inexorablemente su ritmo de oscilación. Me aferro a la cama como al corazón de un péndulo y miro mi muñeca desnuda, olvidando por un momento que el reloj ya no esta ahí. Regresa. Jane… Jack… Ingrid. Regresa de tanto absurdo exilio. La selva se halla aquí, entre estas cuatro paredes. Devastada, herida, calcinada, pero más cierta que cualquier atavismo kiplingiano. La voz de la selva que nos llama es la de nuestras invisibles corrientes, la de nuestras temibles mareas, la de nuestra sorda vocación de ciénaga y manglar. La selva que nos llama ya la hemos explorado, cuerpo a cuerpo, en noches infinitas. No la dejes así… ¿Estoy llorando? Sólo eso faltaba. Un sentimental de los ecosistemas espirituales. Qué patético. Las náuseas continúan y con ellas el progresivo desvelamiento de la memoria.
Me veo en una colonia perdida, caminando entre casas de cartón, perseguido por los perros. Mis dos estoicos acompañantes manifiestan cierto rechazo hacia mí. No los culpo; después de todo, esta inesperada aventura nocturna no estaba en sus planes. Los uniformados quisieron ahorrarnos la fastidiosa burocracia de las multas y la prisión preventiva y, tras vaciar nuestros bolsillos, se han tomado la molestia de traernos hasta acá, imponiéndonos el enternecedor castigo de volver a nuestras casas caminando. La madrugada es todavía joven. La falta de alumbrado público nos permite admirar a plenitud la fina rebanada de la luna sobre el cielo estrellado. Con la cartera se han esfumado todos los fondos del presupuesto quincenal para mi supervivencia y la de Jane (que en este momento aún no se llama Jane). Presiento que no le hará mucha gracia. Mientras tanto, estos solitarios, famélicos pobladores nocturnos del paisaje del subdesarrollo, van multiplicándose en torno nuestro con manifiesta ferocidad. Presiento que no ha llegado hasta sus oídos aquello de que el que ladra no muerde. ¿Será suya la sangre?
Ella regresa a la habitación, se echa el morral al hombro y se aproxima a la cama. Ya me voy dice. (Me veo consumiendo la mañana en el cuarto de vecindad de uno de mis compañeros de odisea. Los perros insómnicos nos perdonaron la vida. Aún no aparecía la sangre). ¿Quieres que te toque las golondrinas? murmuro, y a los dos segundos ya me he arrepentido. Ella aprieta los labios y se inclina para tomar la maleta. Yo trato de enderezarme bruscamente. Garrafal error. El techo parece comprimirse contra mi cabeza. De bruces sobre el colchón extiendo un brazo y alcanzo a balbucear Jane, espera… Ella duda un momento, suelta el asa de la maleta y se vuelve hacia mí, lentamente. Nos miramos. Bellísimo. Corín Tellado no lo hubiese escrito mejor.
La memoria no cede. Jueves, 10:00 hrs. Me veo consumiendo en silencio, en compañía de mis dos compañeros de discusión, mitin, jerga y excursión, un par de cartones de Budweiser que alguien le regaló recientemente al dueño del cuarto; hacia el medio día se me impone un vago sentimiento de responsabilidad y decido salir a buscar dinero. Luego de tres o cuatro intentos infructuosos optaré por el absurdo. Terminaré en el mercado, ante un puesto de pollo, dialogando con la dependienta (una anciana con la que he coincidido en varios mítines). Tras un breve estira y afloja (insiste en que me vaya a descansar) aceptará tomarme como empleado emergente, más por piedad que por otra cosa. «Nomás hoy; y no voy a poder darle mucho» recalca.
En vista del silencio, Jane vuelve a inclinarse. La tomo del brazo antes de que llegue a alzar la maleta. Feliz coincidencia: su boca queda a un palmo de la mía. Tiene los ojos húmedos. Justo entonces, alguien aparece en el marco de la puerta y pregunta ¿Qué pasa? Pink Floyd sigue tocando. Me veo estrechando un tembloroso animal emplumado contra mi pecho; tiene miedo antes incluso de encontrarse cabeza abajo, aprisionado por el cucurucho de metal, mirando enloquecido la cubeta rebosante de plumas y de un líquido acre, espeso, púrpura.
El intruso porta unos espejuelos ovalados que ya en alguna ocasión tuve el placer de quebrar. Me incorporo y aparto a Jane con un brusco empujón. El piso ondula bajo mis pies. Basta un finísimo corte para que los pollos, entre convulsiones, pataleando, comiencen a chorrear. Y es como si se les vaciara el alma cuando el líquido rojo cae, manchándoles el pico, los ojos y la minúscula cresta.
Lo que me ofende es tu mal gusto gruño, más dolido de lo que mañana estaré dispuesto a admitir. Encaro al infecto especimen (al diablo con la objetividad narrativa) esbozando una guardia pugilística que debe dejar mucho que desear. Él advierte que no me encuentro en mi mejor forma. Jane me grita algunas linduras que prefiero pasar por alto. Si los pollos son decapitados tienden a estremecerse más intensamente y a desangrarse con mayor rapidez. No obstante, esta técnica parece resultar pésima desde el punto de vista comercial. La clientela se aleja despavorida. «Las cabezas se las corto yo, ya que estén desplumados; usted nomás hágales una rajadita» dice tímidamente la anciana. A pesar del delantal de plástico, he conseguido mancharme de lo lindo el pantalón.
Mi revés a la mandíbula falla de un modo lamentable. Estoy en el piso, de rodillas, tratando de controlar el mareo y llenándome la cabeza con sangrientas imágenes que a mi estómago no le causan ningún bien. Jane me asesta una sonora bofetada, el intruso de los espejuelos alza la maleta y la abate contra mi rostro. Sangre, sangre, sangre.
Esta sería una buena oportunidad para ensayar el mítico grito del rey de la selva popularizado por Hollywood. Adoro ese tipo de golpes de efecto. Lástima. Bastante esfuerzo representa ya tratar de levantarse del piso y contener el fragor estomacal que se me propaga garganta arriba. Veo los pies de Jane y del intruso saliendo de la habitación. Vuelven a cuchichear. Me arrastro hacia el baño, cuya puerta está entornada. La sangre me anega los labios y, ya que no puedo dejar de paladearla, opto por un breve examen comparativo. Concluyo que la de los pollos tenía un mejor sabor, más dulce. ¿Habrán dado las seis? La anciana dijo que a esa hora ya estaría por ahí su hijo y podría pagarme. Qué vulgares tienden a volverse las historias cuando las comprendemos por completo. Se escucha un sólido portazo. Ahí va Jane, acudiendo solícita a la llamada de la selva. Hemingway… qué poca imaginación.
Todavía hago por llegar al baño durante algunos instantes. Luego abandono todo esfuerzo. Qué más da. No será ni la primera ni la última vez que me toque limpiar un charco de vómito del piso.
del libro La razón de los monstruos. UMSNH, 2000 (2a edición 2006).
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